
La voz de los excluidos
Por René Fidel González ()
Santiago de Cuba.- La vigilancia, el hostigamiento, la discriminación, la represión, el castigo y la exclusión por motivos políticos, instaurados y normalizados en Cuba, no pueden seguir hundiéndonos en el abismo de inequidad y soberbia, de impunidad y absoluta incapacidad para asumir la responsabilidad que se tiene en el desastre en que está nuestra sociedad.
No es predisposición para mentir: es desfachatez. No es necesidad de mentir: es la arrogancia plena y satisfecha de la mediocridad. Lo que vemos y escuchamos, lo que nos habla, humilla y desprecia sin límites, es la obscenidad del poder con que fueron amamantados los que ahora lo heredan, sin talento y sin otra valentía ni entusiasmo que el odio y la cobardía de los que ya sabemos son capaces.
El diálogo entre los excluidos, estén donde estén, no trata sobre los que nos ofenden, menos sobre su desprecio. Nos desprecian porque nos creen sus vasallos, la servidumbre sin rostro, oscura y prescindible que tiene que pagar, por mandato irrevocable y sagrado, los resultados de su incompetencia, de su falta de carácter, de su falta de integridad.
El diálogo entre los excluidos no trata de nuestras diferencias, de los proyectos distintos nacidos de la pluralidad; trata de un acto de amor propio, de dignidad y de respeto que nos debemos ante el asco que sentimos por estos que nos niegan lo que nos pertenece y que pretenden seguir persiguiéndonos y castigándonos por los derechos y libertades, por la igualdad y la justicia a las que aspiramos.
El yugo como único ofrecimiento
¿Son estos los anhelos que nos condenan? ¿Son estas las demandas que ellos consideran delitos? ¿Son estos los hechos que ellos consideran delitos? Pues esa es la Cuba que ellos nos ofrecen como destino: aquella en que los cubanos tienen que sentir miedo al castigo por sus anhelos y sueños, aquella en que tienen que andar de hinojos, sin el decoro y la anchura ética propia del ejercicio de la ciudadanía plena.
Lo que ellos nos ofrecen no es siquiera el plato de lentejas de la prebenda de ocasión —como la que ahora aceptaron en las universidades a cambio de traicionar con su silencio y venalidad a los más pobres, a los ancianos, a los excluidos—: es realmente un yugo. Lo que ellos necesitan de nosotros es sumisión, es la postración de cada uno de nosotros.
Nuestra voz ha sido siempre muy poderosa. Nos hicimos escuchar a través de la historia. Ha sido por medio de esa, nuestra voz, que nuestros antepasados empezaron a imaginar, frente a la opresión política, los derechos y libertades que nos serían necesarios para hacer para todos la democracia.
Es el tiempo de los excluidos
Ese sueño, pospuesto e incompleto, jamás consumado, nunca fue, sin embargo, olvidado. Por eso, y porque la mayoría de nosotros reconoce en la voz de lealtad en el sacrificio por la que hablaron nuestros padres y abuelos la autenticidad y persistencia de ese sueño, es que sabemos que no es posible ser leal a los que los han traicionado sin que nuestra voz deje de ser decente, honesta.
No es que la próxima generación de mendigos mire a los que pululan por las calles, los portales, los barrios empobrecidos y las casas desvencijadas e inhabitables con indiferencia y creyéndose a salvo desde su cuarta o quinta década laboral; es que no podemos seguir siendo mendigos políticos y esperar un destino diferente.
Los excluidos en Cuba tienen que empezar a luchar por la igualdad política, porque no tenerla es apenas el primer precio que estamos pagando.






