
¿Se Puede Rehabilitar el Socialismo?
Por Luis Alberto Ramírez ()
La Habana.- “Había que hacerlo de todas maneras. No importa la situación; había que cambiar, porque es la única forma de preservar el socialismo”. Con estas palabras, Miguel Díaz-Canel justificó las nuevas medidas económicas anunciadas por el régimen cubano.
Sus declaraciones me recuerdan las palabras de Nikita Jrushchov cuando, durante un pleno del Partido Comunista de la Unión Soviética, denunció que Stalin había sido un asesino y afirmó que la historia se encargaría de juzgarlo. Sin embargo, la historia siguió su curso: continuaron los encarcelamientos, prosiguió la expansión de la influencia soviética por el mundo, se mantuvo la exportación del comunismo y, en esencia, nada cambió.
Ante este contexto surge una pregunta inevitable: ¿tiene alguna posibilidad de rehabilitarse el socialismo?
A mi juicio, no. El socialismo, en su esencia, es control social; es opresión orientada a un único objetivo: conservar el poder. En Cuba, por ejemplo, ¿a quién se le ocurría afirmar públicamente que Fidel Castro era responsable del desastre nacional? A nadie. Había que estar loco para culpar al principal arquitecto de un sistema que condujo al país a su situación actual.
En Cuba no existe una estatua gigantesca dedicada al fallecido líder, como ocurre en Corea del Norte. Pero tampoco hace falta. Los comunistas llevan esa estatua tatuada en la mente. Es una presencia permanente, una referencia constante que condiciona la manera de pensar y actuar. No hace falta anunciar que viene el lobo cuando el lobo vive instalado en la memoria colectiva. Basta con mencionar su nombre y, de inmediato, todos levantan la mano.
He observado, sin asombro alguno, cómo los panelistas que aparecen en los medios oficiales exaltan las más recientes propuestas económicas de la cúpula gobernante. Los he visto y escuchado aplaudir cada medida sin cuestionamientos, sin debates y sin críticas. Ni siquiera he oído a alguno reconocer que muchas de estas decisiones debieron haberse tomado hace años.
Los dirigentes cubanos conforman una especie de cardumen político difícil de explicar. Cuando el oportunismo se instala en la mente de una sociedad, la realidad deja de ser el punto de referencia. Entonces, la preservación de privilegios se convierte en el verdadero motor de la conducta humana. En esas circunstancias, la patria deja de ser una causa y pasa a convertirse en un pedestal; una plataforma desde la cual unos pocos sostienen sus posiciones de poder mientras el resto de la sociedad carga con las consecuencias.






