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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay cosas que deben decirse con todas las letras: el problema de Cuba no es la economía. La economía es una consecuencia, un síntoma, una resaca de lo que realmente nos tiene jodidos. El problema es político, y político con mayúsculas, porque llevamos 67 años con los mismos tipos intentando arreglar lo que ellos mismos rompieron.

Y no me vengan con que el bloqueo, ni con que el imperio, ni con que la crisis global. Porque si el bloqueo fuera el culpable, ¿cómo es que tantos países bloqueados han salido adelante y nosotros seguimos aquí, dando tumbos como un borracho en una fiesta que no pidió?

Miren la lista, que es larga y dolorosa. El Proceso de Rectificación de errores y tendencias negativas, que sonaba a manual de autoayuda pero no arregló nada. El Perfeccionamiento empresarial, que era como cambiarle el nombre a la carreta para que pareciera un Ferrari. La creación del holding Gaesa, que no sé si era un holding o un agujero negro donde se tragaban los recursos.

También el desmontaje de la industria azucarera, que fue como si el carnicero decidiera cerrar su propio negocio y luego se quejara de que no hay carne. Todo eso, y más, fue parte de una misma película de terror: reformas que no reformaban nada, cambios que solo cambiaban de nombre, y promesas que se desinflaban como un globo en una guagua llena de alfileres.

Un fracaso tras otro

Luego vino el Programa electro-energético nacional, que nos dejó a oscuras más veces que un candil apagado. El Proceso de Actualización de la economía cubana, que era actualizar pero sin cambiar nada importante. El experimento de Artemisa y Mayabeque, que era como probar un medicamento en dos pacientes y esperar que curara a todo el país.

La Zona Especial de Desarrollo del Mariel, que prometía ser el nuevo milagro pero terminó controlada por una coronel de las FAR y por Gaesa, como si la esperanza también tuviera que pasar por el control militar. Y la Tarea Ordenamiento, que llegó con bombos y platillos y nos dejó el caos más ordenado que hemos visto en décadas.

Pero lo peor no es que hayan fracasado. Lo peor es que han fracasado siempre, una y otra vez, y los mismos sigan en el poder. Porque cada nuevo plan, cada nuevo programa, cada nuevo reordenamiento, no ha sido más que un parche para tapar el sol con un dedo, mientras ellos siguen en sus cargos, en sus casas, en sus privilegios.

¿Y nosotros? Nosotros seguimos sin luz, sin comida, sin esperanza, mientras los mismos de siempre nos dicen que hay que tener fe, que hay que resistir, que hay que ser creativos. La creatividad, señores míos, es un lujo para los que tienen la tripa llena.

Política del mal

El problema no es económico, porque si fuera económico, con tantos intentos de arreglarlo, alguna vez habría funcionado. Pero no. Cada vez que anuncian un nuevo plan, sabemos que es un plan para ellos, no para nosotros. Es una estrategia para ganar tiempo, para mantenerse en el poder, para seguir en el chiringuito. Porque eso, y no otra cosa, es lo que han hecho durante 67 años: sobrevivir a costa de nuestra desgracia. Y nosotros, como idiotas, seguimos esperando que el próximo plan sea el bueno.

Pero la solución no vendrá de ellos, porque ellos son el problema. La solución vendrá cuando entendamos que la política no es un juego de tronos para mantener a una familia en el poder, sino la herramienta para construir el bien común.

Mientras no cambiemos eso, mientras no cambiemos el sistema político que los sostiene, podemos seguir inventando nombres bonitos para los planes: Ordenamiento, Reordenamiento, Reimpulso, lo que sea. Pero el resultado será el mismo: ellos en el poder, y nosotros en la mierda. Porque el problema no es la economía, señores. El problema es que los mismos que la manejan no quieren arreglarla, solo quieren que no se les caiga el tinglado encima. Y eso, con perdón, no es economía, es política. Política del mal. Y mientras no entendamos eso, seguiremos dando vueltas en el mismo laberinto, esperando que el minotauro nos dé una salida que nunca va a llegar.

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