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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Hubo un tiempo, ya lejano, en que los cubanos podíamos mirar el dólar sin sentir que nos sangraban los ojos. Corría el año 1993, y el castrismo, ese régimen que siempre supo adaptar la ideología a sus necesidades de supervivencia, decidió que la tenencia de dólares ya no era un delito. Era legal, sí, pero a su manera. Te vendían el CUC —esa imitación cubana del dólar que parecía un juguete de feria— a 25 pesos, y te compraban el dólar real a 24.

Esa fue la primera gran estafa financiera del régimen, y los cubanos, acostumbrados a todo, nos adaptamos a ganar salarios de 20 o 30 dólares al cambio, mientras Fidel miraba desde su trono de caoba y decía que aquello era necesario para salvar la revolución.

Aquella historia duró muchos años. Tanto, que los cubanos aprendimos a hacer malabares con monedas, a calcular en CUC y en pesos, a sobrevivir en esa economía esquizofrénica que el régimen mismo había creado. Pero llegaron los «sesudos» del nuevo milenio: Marino Murillo, Alejandro Gil, el propio Díaz-Canel y el inefable Raúl Castro, que decidieron que el CUC ya no servía, que había que unificar la moneda, que el peso cubano iba a ser el rey. Y entonces, mis queridos compatriotas, todo se fue a la mierda.

El dólar, que durante años se mantuvo en precios que podíamos tocar con los dedos, se disparó como un cohete sin frenos. El peso cubano, esa moneda que ya venía herida de muerte, cayó en picada, y el cubano que ingenuamente creyó que la «Tarea Ordenamiento» iba a mejorar su vida se vio de repente sumido en la inflación más brutal que haya conocido esta isla en toda su historia.

Y el dólar sigue subiendo

Cada semana era una agonía nueva. El dólar subía y subía, y el régimen, en su infinita torpeza, empezó a buscar culpables. Primero fue El Toque, esa página de internet que se atrevió a publicar el precio real del dólar, y a la que acusaron de estar detrás de las subidas.

Luego vinieron las medidas de «saneamiento», que parecían más un zurcido de última hora que otra cosa: controles de precios, prohibiciones absurdas, amenazas a los mipymes, todo para intentar detener lo que ya era imparable. Pero el dólar siguió su curso, implacable, y el peso cubano siguió desangrándose. Porque cuando la economía no tiene respaldo, cuando el Estado imprime billetes sin control y cuando la confianza se ha evaporado, no hay medida que valga.

Y así llegamos al lunes de la semana anterior, con el dólar a 600 pesos. Seiscientos. Que alguien me explique cómo puede un jubilado cobrar 3.500 pesos al mes, o sea, unos seis dólares, y pretender comprar un paquete de café en las tiendas en MLC que cuesta más de diez.

Esa es la realidad del cubano de a pie, que ya no sabe si reír o llorar cuando mira su cartera. Pero la cosa no para ahí, porque del lunes a este miércoles el dólar subió a 680, y ese ritmo galopante nos hace pensar que este fin de semana ya habrá roto la barrera de los 700. En julio estará sobrepasando los 900, y para finales de año, si el régimen no se cae antes, el dólar estará por los 1.500 o quién sabe si los 2.000. Porque la historia de Cuba está llena de previsiones que se quedaron cortas.

La economía no se arregla con discursos

Y no me vengan con que esto es culpa del bloqueo, porque el bloqueo lleva 60 años, y el dólar no estaba a 600 cuando estaba el CUC. La culpa es del régimen, de su incompetencia, de su corrupción, de su incapacidad para entender que la economía no se arregla con discursos ni con medidas improvisadas.

Pero sobre todo, la culpa es de haber creado un sistema donde el peso cubano, que alguna vez se cotizó de igual a igual con el dólar —hace 68 años, cuando Cuba era otra cosa y nadie hablaba de castrismo—, se ha convertido en papel de baño.

Solo el fin del castrismo puede parar este caos financiero y devolverle al cubano una vida digna. Mientras ellos sigan en el poder, el dólar seguirá subiendo, y nosotros seguiremos viendo cómo la economía se desangra, y cómo nuestros sueños se pagan en una moneda que ya nadie quiere.

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