
El día que Israel e Irán fueron amigos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- La política internacional tiene una cualidad permanente: no tiene memoria, solo intereses. Y si hay un caso que ilustra esta máxima, es el matrimonio de conveniencia que, durante un breve y crítico periodo, unió a Israel e Irán.
Hoy, ambos se miran a través del visor de un misil, pero en 1981, el Mossad y los servicios de inteligencia de la República Islámica compartían algo más que mapas: compartían la obsesión de borrar a Saddam Hussein del tablero… y su amenaza nuclear. Como en una película de espías, pero sin final feliz.
Aquí debemos hablar de la Doctrina Begin, ideada por el primer ministro israelí Menájem Beguín: «Israel no permitirá que ningún enemigo regional posea armas de destrucción masiva». Una sentencia clara, tajante y, sobre todo, preventiva.
Para entender la esquizofrenia de la situación actual, hay que rebobinar hasta la guerra Irán-Irak (1980-1988). A pesar de la retórica incendiaria de la recién nacida República Islámica, el pragmatismo se impuso a la ideología. Saddam Hussein, ese dictador baazista con ambiciones nucleares, representaba una amenaza existencial que ni Teherán ni Jerusalén podían ignorar.
La Doctrina Begin y su saneamiento regional
Osirak era un complejo nuclear edificado con tecnología francesa, diseñado bajo la máscara de fines pacíficos, pero que Saddam intentaba desviar para fabricar plutonio de grado militar. Irán intentó detenerlo primero en la Operación Scorch (septiembre de 1980): un ataque con F-4 Phantoms que dañó la infraestructura pero fracasó. Fue una lección de humildad tecnológica. Poco después, en junio de 1981, Israel ejecutó la Operación Ópera: un escuadrón de F-16 y F-15 voló a baja cota para burlar radares y redujo el reactor a escombros. No hubo una cita a ciegas romántica, sino una convergencia de intereses. Irán facilitó información sobre vulnerabilidades de la red de radares iraquíes, e Israel ejecutó la misión.
En aquel entonces, la Doctrina Begin no era una amenaza para Teherán; era una herramienta de saneamiento regional. Israel hizo el trabajo sucio, eliminando el programa nuclear de un enemigo común. El régimen de los ayatolás observó en silencio, satisfecho. Lo que no sopesaron fue que, al ejecutar aquel ataque, Israel validó un precedente peligroso: el derecho de un Estado a borrar preventivamente las capacidades nucleares del vecino. Hoy, esa misma doctrina justifica que Israel considere cada centrifugadora de Natanz como un objetivo militar legítimo. Irán tomó buena nota: blindaron sus instalaciones bajo toneladas de roca y dispersaron su tecnología. El alumno aprendió bien del maestro.
Aliados ayer, enemigos mañana
En 1981, bastaba con un ataque aéreo audaz contra un objetivo único. En 2026, la realidad es mucho más canalla: las instalaciones están enterradas, el conocimiento científico está diseminado y la respuesta no vendría de un ejército convencional, sino de una red de proxies (Hezbolá, Hamas, hutíes) dispuesta a convertir Oriente Próximo en un infierno.
La historia de cómo Israel e Irán fueron aliados circunstanciales para destruir el sueño nuclear de un dictador no es una curiosidad. Es un recordatorio, un tanto cínico, de que en la geopolítica de Oriente Próximo, los aliados de ayer son los enemigos de mañana, y las doctrinas que hoy nos salvan son a menudo las que terminan prendiendo la mecha del conflicto de la próxima década. Bienvenidos al teatro de operaciones.






