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Por Oscar Durán

La Habana.- La normalidad en Cuba ya no es hacer una cola de ocho horas para comprar un alimento descompuesto. Tampoco es acostarse sin comer o pasar una semana entera buscando un antibiótico que nunca aparece. Todo eso quedó viejo. Se convirtió en paisaje. En rutina. En algo tan habitual que ya ni sorprende.

La nueva normalidad es otra. Son barrios enteros con más de cuarenta horas de apagón. Niños llorando por el calor. Ancianos espantando mosquitos con un cartón roto. Familias cocinando a la carrera porque la corriente llegó por dos horas y se puede ir en dos minutos.

Mientras tanto, allá arriba, la vida sigue siendo maravillosa. Miguel Díaz-Canel aparece despeinado en televisión y media Cuba sale a burlarse, memes mediante. Dicen que está agotado. Que está demacrado, y por ahí pa’ llá y un carajal de cosas.

Lo curioso es que los agotados son ellos, pero los que pasan hambre son otros. El Rolex sigue brillando en la muñeca, las cuentas billonarias en el extranjero siguen existiendo. Las mansiones donde viven jamás falta la electricidad. Ningún nieto de la nomenclatura anda buscando un pedazo de pan por las calles de Santiago de Cuba.

La miseria, como siempre, es para el pueblo. Y en Oriente -ay, Oriente- la cosa tiene otro color. O mejor dicho, ya no tiene color ninguno. Allí el hambre dejó de ser noticia hace años. La pobreza tampoco conmueve. Las enfermedades dejaron de escandalizar a cualquiera. Todo eso forma parte del decorado.

Ahora la filosofía es más simple. Sálvese quien pueda. Roba si tienes que robar. Engaña si tienes que engañar. Y si mañana aparece otro cadáver en una esquina, pues apareció otro cadáver y ya.

La gente se acostumbró a convivir con el desastre de una manera que asusta. Quizás por eso el cubano que emigró hace cinco años sigue creyendo que el régimen está a punto de caer. Lo imagina desde Madrid, Miami o Houston. Ve los titulares. Escucha las denuncias. Observa los apagones. Y piensa que semejante desastre no puede durar mucho más.

Entonces aterriza en Cuba, llega al aeropuerto. El aduanero le insinúa que le deje un café La Llave. El vecino que conoció con todos los dientes ahora sonríe con media boca vacía. La libreta sigue ahí. La miseria sigue ahí. Los apagones siguen ahí. Y el Sinaga’o también.

Empieza a caminar por las calles y descubre algo todavía más inquietante que la propia crisis. La normalidad. La gente haciendo su vida dentro del desastre. El vendedor ambulante vendiendo. La cola funcionando. El militante repitiendo consignas. El vecino defendiendo al mismo gobierno que lo tiene pasando trabajo.

Y es ahí cuando uno mira alrededor y se hace la pregunta más peligrosa de toda. ¿En qué momento nos acostumbramos a esto? Las dictaduras no sobreviven solamente por la represión, también sobreviven cuando convierten el horror en rutina. Cuando logran que un apagón de cuarenta horas parezca normal. Cuando consiguen que la pobreza extrema sea parte del paisaje. Cuando hacen que una generación completa deje de esperar algo mejor.

Eso fue lo que pasó en Cuba. La desgracia dejó de ser una emergencia, se convirtió en la normalidad. Cuando un país llega a ese punto, el problema ya no es solamente el gobierno. El problema es que millones de personas aprendieron a convivir con el derrumbe, como si fuera algo natural, como si vivir así fuera la única manera posible de vivir.

Eso, quizás, es la victoria más grande que ha tenido la dictadura en más de sesenta años.

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