
La Seguridad del Estado y las cicatrices que no se ven
Por Albert Fonse ()
Vancouver.- Cuando se habla de la represión en Cuba, muchos piensan en el policía uniformado, los arrestos y los golpes. Sin embargo, el daño más profundo ha sido causado por los agentes de la Seguridad del Estado.
Mientras un policía puede reprimir en un momento determinado, la policía política ha dedicado décadas a vigilar, infiltrar, amenazar, fabricar expedientes y perseguir a ciudadanos por sus ideas. Miles de cubanos han perdido empleos, oportunidades, libertad y hasta el contacto con sus familias debido a sus acciones.
El mayor daño no ha sido físico, sino social y psicológico. La Seguridad del Estado convirtió la desconfianza en una herramienta de control, creando una sociedad donde muchas personas aprendieron a callar, a ocultar sus opiniones y a desconfiar de vecinos, amigos e incluso familiares.
No solo persiguió a opositores, periodistas y activistas, sino que sembró el miedo en toda la nación, debilitando los valores de confianza y solidaridad que necesita cualquier sociedad libre.
En una Cuba democrática, quienes hayan participado en persecuciones políticas, encarcelamientos arbitrarios y violaciones de derechos humanos deberán responder ante la justicia. No por venganza, sino porque ninguna nación puede construir un verdadero Estado de derecho sobre la impunidad.
Los golpes de un bastón dejan heridas temporales; el miedo impuesto por la Seguridad del Estado dejó cicatrices que han marcado a varias generaciones de cubanos.






