
La costumbre
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- «La costumbre hace al monje», reza un refrán popular. ¿Qué hay de cierto en ello? Yo les voy a explicar.
Los cubanos están tan acostumbrados a la miseria que cualquier cosa los hace felices. Un par de zapatos nuevos, una prenda de ropa, un vestido, un pantalón, una gorra o una camisa les producen alegría. Porque, en Cuba, la felicidad suele depender de cosas que, por costumbre, están fuera de su alcance.
Tres horas de electricidad les dan felicidad, aunque hayan pasado veinticuatro horas sin ella. Una simple miga de pan puede alegrarlos. Todo aquello que en el resto del mundo se considera normal, cuando ellos lo consiguen, se convierte en motivo de celebración.
Para los cubanos es normal calentar agua para bañarse. Es normal hacer una cola para comprar algo de comida. Y si, después de esperar tres horas, la comida no alcanza, también es normal. Los cubanos ya no parecen dividirse solamente en cabeza, tronco y extremidades; también cargan con una cuarta extensión de su cuerpo: las jabas.
Cuando yo era niño, cualquier cosa me hacía feliz: un trompo, una patineta rústica, un papalote o incluso una chiringa. Nos hemos acostumbrado tanto a la escasez que hemos terminado considerando normal nuestra propia miseria.
Y estoy consciente de que, cuando lo tenemos todo garantizado, cuando las necesidades básicas están cubiertas y no tenemos que preocuparnos por aquello que nunca falta, la felicidad parece estar asegurada. Sin embargo, surge una pregunta: ¿dónde queda la realización personal? Ahí es donde quiero centrarme. No se puede ser plenamente feliz si la satisfacción no nace también del resultado de nuestro esfuerzo.
A muchos cubanos ya no parece importarles la libertad. Se conforman con tener agua, comida y electricidad. Todo lo demás se percibe como una quimera, como un sacrificio demasiado grande o imposible de asumir.
George Orwell escribió en su novela 1984 una idea que sigue siendo vigente: en una sociedad totalitaria, una migaja de pan más grande que otra puede marcar la diferencia entre la pobreza y la riqueza. Y, de alguna manera, terminó siendo una realidad. En Cuba, quien logra adaptarse al régimen o apoyarlo vive la misma precariedad que los demás, pero con algunas ventajas que lo hacen parecer menos miserable.
Los cubanos no le temen a la miseria, porque han aprendido a convivir con ella. Lo que realmente temen es el sacrificio que implica intentar salir de ella.
Los cubanos le temen más a la libertad, que al sacrificio de tener que vivir en ella.






