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Por Jorge Menéndez ()

Cabrils.- La Habana amanece con una noticia que, por fin, le permite al gobierno cubano gritar «¡bloqueo!» con algo que remotamente se parece a una razón. No porque les falte moral —esa hace décadas que se evaporó—, sino porque les faltan tarjetas. Visa y Mastercard han decidido que ya está bien de financiar el teatro.

A la estampida de Meliá se suma ahora la desconexión de los dos gigantes financieros. Resultado inmediato: remesas complicadas y los supermercados de lujo, esos templos del dólar donde el cubano promedio entra solo si va a limpiar, empiezan a temblar.

Mientras tanto, la propaganda oficial llora con dramatismo ensayado por «la asfixia al pueblo cubano», como si cada familia de la isla tuviera una Visa Oro, una Mastercard Platino y un cupón de descuento para el Focsa. Pobrecitos ellos, que sufren tanto. La realidad, como casi siempre, viaja en dirección contraria al discurso oficial: la medida golpea primero al gobierno, que pierde otra vía para raspar divisas. El pueblo, que ya vive raspado desde hace décadas, apenas se entera del cambio.

Las mulas, eso sí, ya están afilando los colmillos. Con menos canales formales para hacer llegar el dinero, el circuito informal se frota las manos: más riesgo implica más precio. Capitalismo básico, pero en versión clandestina y con recargo.

El gobierno insiste en que «tocaron los bolsillos de los cubanos». Claro, porque en su cabeza todos los cubanos compran jamón en dólares y desayunan salmón noruego. Ayer mismo inauguraron un mercado en el Focsa con carnes de todos los colores y productos importados, mientras medio país se alimenta a base de arroz de donación china. Socialismo gourmet.

Esa es la sociedad socialista que han construido durante 67 años: una vitrina iluminada para turistas y una cola eterna para el resto. Eso es lo que la Revolución sigue vendiendo como futuro mientras las tarjetas se van, los hoteles cierran y el apagón se convierte en la única puntualidad que conoce la isla.

Raúl es Raúl. Visa es Visa. Y Mastercard es Mastercard. Cada cual en lo suyo: unos mandan, otros se van, y otros simplemente dicen «hasta aquí llegamos». Porque se sigue apretando la tuerca, y el régimen, que durante décadas utilizó el bloqueo como excusa para todo, ahora se queda sin la excusa y sin la caja.

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