
¿Por qué vacunas sí, y leche no?
Por Joel Fonte ()
La Habana.- En el verano de 2007 —hace 19 años—, Raúl Castro, el mismo que según el más reciente panfleto propagandístico del castrismo «es Raúl, porque Raúl es Raúl», vociferaba iracundo sobre la necesidad de producir alimentos en el país, y leche en particular. Acababa de heredar el poder de su hermano tras el accidente que este sufrió poco antes, como corresponde a una dinastía.
«Hay que acabar con eso de los siete años; llevamos 50 años hablando de lo mismo. Hay tierras aquí para eso. Hay que producir leche para que se la tome todo el que quiera tomarse un vaso de leche», tronó entonces.
En uno de esos ataques de honestidad tan inusuales entre los miembros de la cúpula castrista, el propio Raúl admitía que la promesa —obligación ineludible dentro de un diseño de Estado que controla todo y, por tanto, es responsable de producir todo— llevaba medio siglo sin cumplirse.
Ahora ya suman 67 años.
No han demostrado capacidad para producir el alimento más básico que demanda una población. ¿Capacidad, no? ¿Y voluntad?
Ni la basura recogen
Hoy ya no son capaces ni de recoger la basura de las calles. Porque los servicios comunales en Cuba también son responsabilidad de ese mismo Estado que monopoliza hasta el aire.
La pregunta emerge entonces como una necesidad: ¿cómo son capaces de invertir millones de dólares en otras áreas como turismo, infraestructura vinculada a la inversión extranjera o represión? ¿Y cuánto cuesta producir vacunas?
En medio de la pandemia de COVID-19, ellos mismos —el señor Díaz-Canel a la cabeza— se jactaban pregonando que solo países del primer mundo, desarrollados, con economías sólidas, podían emprender proyectos de investigación y producir vacunas similares. El castrismo desarrolló cinco. Y aunque aún hoy no se conoce oficialmente que organismos internacionales como la OMS o la OPS hayan aprobado alguna, sí dieron por eficaces al menos dos de ellas: las aplicaron en el país y hasta las exportaron a gobiernos aliados.
Hoy, cuando el pueblo muere de hambre y carece de servicios de salud, medicamentos, generación eléctrica, transporte o suministro de agua, anuncian la creación de otra vacuna.
¿De dónde sale la plata?
¿De dónde salen esos millones, entonces? ¿De dónde salen los millones de dólares para movilizar los enormes recursos que demanda una campaña como la del señor Raúl? Millones para edulcorar y santificar su nombre, porque «Raúl es Raúl», aunque legalmente no sea más que un simple diputado de casi 95 años.
Pero ¿por qué hay dinero para propaganda y no para humanizar la vida de millones de personas que sobreviven como animales, llevadas a esa condición por el propio régimen?
Por eso resulta tan fundamentada la afirmación de que este es un régimen genocida, criminal, una dictadura que utiliza el hambre y el sufrimiento del pueblo como herramienta de control social y político. Un régimen que produce vacunas millonarias no por el humanista y elevado propósito de salvar vidas por todo el orbe, sino para manipular conciencias y voluntades por todo ese mundo, alimentando una y otra vez el mito de una «revolución» que hace el evangelio mientras oculta una brutal dictadura.
Por eso hay que insistir en que, frente a un régimen así, todos los instrumentos del derecho internacional legitiman la rebeldía. Porque frente a la opresión y el crimen, el silencio no es sino una inadmisible complicidad.
Basta de tolerar injusticias. No más temor. No más dictadura en Cuba.






