
La falsa cátedra de los que se burlan del cambio
Por Sergio Barbán Cardero ()
MIami.- Ese grupo, que jamás ha votado por el presidente del país donde vive, analiza con sarcasmo la aparición de propuestas presidenciales y nuevos partidos políticos en las redes sociales. Se ríen, pontifican, hacen chistes callejeros y se ponen el traje de profesores de ciencia política, pero detrás de esa falsa cátedra hay una contradicción dolorosa: se burlan de los intentos de cambio democrático usando reglas que el propio régimen de La Habana jamás ha permitido poner en práctica.
El primer disparate es exigir credenciales democráticas en un país donde la democracia ha sido triturada por más de seis décadas. ¿Cómo se le puede pedir trayectoria de gestión pública a una oposición que ha vivido perseguida, vigilada, encarcelada o empujada al exilio?
¿Cómo se puede exigir experiencia institucional en una isla donde disentir se paga caro y donde el pueblo ni siquiera ha podido votar directamente por los que mandan? Pretender que de una dictadura salga una oposición con currículo de democracia consolidada no es análisis serio; es hacerle el juego al mismo sistema que cerró todos los caminos.
Y aquí cabe una pregunta incómoda: según esa lógica, Fidel Castro tampoco debió mandar nunca en Cuba. No llegó al poder por una elección presidencial directa, no venía de una carrera probada en la administración pública, no presentó un programa democrático sometido al voto popular y terminó convirtiendo una revolución armada en una finca política de partido único. Entonces, ¿por qué a unos se les exige un expediente impecable de democracia suiza, mientras al caudillo que destruyó la democracia cubana se le perdona todo en nombre de la historia?
El gran mérito: romper la unanimidad
Frases como “en cada cuadra un presidente” (https://www.facebook.com/reel/2503538883409425) o reducir esos proyectos a una búsqueda de likes en Facebook no son simples bromas: son una falta de respeto. Para algunos, Cuba parece ser un tema de sobremesa, un ejercicio intelectual, una descarga frente al micrófono. Pero para quienes han intentado organizarse, fundar un partido, redactar un programa o levantar la voz, eso no ha sido un relajo ni un juego de ChatGPT. Ha costado cárcel, actos de repudio, vigilancia, destierro, ruptura familiar y vidas enteras destruidas.
También caen en la trampa cómoda de descalificar todo lo que nace porque no nace perfecto. Critican que esos movimientos no tienen bases claras, estructura sólida ni militancia organizada, como si Cuba fuera Suiza o Costa Rica. En un país de partido único, donde el pluripartidismo está criminalizado en la práctica, construir una base política desde cero no es un defecto: es casi una hazaña. Lo fácil es sentarse en una mesa a ridiculizar; lo difícil es atreverse a proponer algo en un país donde la libertad está secuestrada.
El debate real no debe ser si esas propuestas son perfectas, si cumplen con el manual universitario o si sus promotores tienen todos los méritos que una democracia normal exigiría. El verdadero punto es otro: romper la unanimidad impuesta. Cuando la crítica no ayuda, no orienta y no propone, sino que solo se dedica a humillar a quienes intentan abrir una brecha, termina sirviendo de muleta al mismo sistema que niega el voto. Respetar al pueblo cubano es respetar también su derecho a ensayar, equivocarse, organizarse y construir su libertad sin tutores, sin burlas de estudio y sin sabios de pacotilla repartiéndole certificados de madurez democrática desde la comodidad de un micrófono.
Nota: No estoy afiliado a ningún partido de oposición, ni he pensado en quién pudiera ser el futuro presidente de Cuba. Pero si mañana tuviera la oportunidad de escoger libremente entre varios partidos, y entre ellos estuviera el Partido Comunista de Cuba, votaría por cualquiera, absolutamente por cualquiera, menos por el PCC.






