
La bandeja de pulpo que nunca llegó: una actuación de lujo en Onbazar
Por Irán Capote ()
Pinar del Río.- Ayer pasé por Fruticuba, que ahora es un mercado de Onbazar. Yo nunca he visitado un mercado de primer mundo, no sé lo que es. Solo lo he visto en series, películas y reels de Instagram.
Pero creo —me da por pensar desde mi ignorancia en mercados caros— que Onbazar está emulando por ser lo más cercano a un mercado de ese ringo rango.
Entré por curiosidad. Entré para imaginar cómo se sentiría uno si pudiera comprar sin miedo aquellas delicias que allí se ofertan en unos precios loquísimos.
Entré con actitud, con seguridad. Anduve los pasillos, miré en las neveras, leí cada etiqueta, comenté en voz baja a mis compañeros datos sobre los productos… Vamos, actué.
Asumí que sí, que era posible todo aquello para mi bolsillo. Las tenderas me miraban y sé que veían en mí un hombre adinerado y seguro. ¡Qué clase de actuación la mía!
Solo me faltaba el Rolex, los dólares en la cartera y quizás un olor a perfume bueno. Solo me faltaba un par de tenis deportivos de excelencia y ropa de gimnasio. Solo me faltaba un manojito de llaves en la mano con el aparatico de la alarma del carro. Solo me faltaba tener un carro afuera de la tienda.
Pero la actitud estaba. Y la asumí con mucha dignidad.
En los congelados, junto a las bandejas de los mariscos y el salmón, estaban las bandejas de pulpo. Las miré así por arriba de las gafas, con normalidad. La boca se me hacía agua. Probé el pulpo una vez, hace unos años, y desde entonces no he dejado de añorar repetir la experiencia.
El corazón se me quería salir por la boca. La bandejita —»ita»— costaba unos 3585 pesos.
Con toda actitud le dije a mis compañeros: «No está caro». Me miraron —actores al fin y al cabo— con cara de: «Tu salario de Artes Escénicas no te alcanza siquiera para esa bandeja», pero dijeron también con aquella normalidad requerida: «No. No lo está».
Y seguí: «Voy a buscar una receta en Google y los invito a todos. El vino blanco va por ustedes».
Y siguieron ellos también: «Ay, qué rico»…
Salimos de la tienda como quien va a su casa a buscar el dinero para luego regresar a comprar el pulpo, otros mariscos, las latas gigantes de aceitunas sin hueso, una bola de queso, algunos pomos de yogures… Salimos de la tienda con todo el donaire que la cosa implicaba.
Al llegar a casa, pensando todavía en el pulpo, busqué una receta en YouTube: «pulpo al ajillo». Me pareció la menos complicada de todas y la que menos ingredientes necesitaba.
Agarré tres plátanos burros del viandero, hice todo el proceso que el pulpo llevaba según la receta, con un chorrito de aceite y unos dientes de ajo. Y bueno, agregué un poco de salsa roja y sofrito.
Y aquí está: «Pulpo burro al ajillo».
Dice mi hermano que a este pulpo no le sale el marisco por ninguna parte. Pero mi hermano no sabe nada sobre pulpos. Y lo mejor del caso es que no me salió para nada caro.






