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Por Luis Alberto Ramírez ()

Miami.- Una de las interpretaciones más extendidas sobre la crisis cubana suele concentrarse en factores externos, como las restricciones económicas o el llamado bloqueo energético. Sin embargo, existe otra visión que pone el foco en una dinámica interna: el deterioro de la responsabilidad social y el efecto que durante décadas han tenido los incentivos económicos sobre la conducta cotidiana de las personas.

Desde esta perspectiva, el problema no radica únicamente en la escasez de recursos, sino en la pérdida del vínculo entre trabajo, esfuerzo y bienestar. Cuando el salario deja de responder incluso a las necesidades más básicas, el trabajo deja de ser visto como un mecanismo legítimo de progreso y pasa a percibirse como una obligación sin recompensa real.

Bajo esa lógica, surge una conducta que muchos cubanos resumen con una expresión popular: “resolver”. Es decir, encontrar vías alternativas para subsistir al margen de los ingresos oficiales. En ese contexto aparece una idea profundamente arraigada: si el salario no alcanza, entonces el acceso informal a bienes, recursos o ventajas se convierte en parte del mecanismo de supervivencia.

Desde esta mirada crítica, trabajar en un lugar donde no exista posibilidad de obtener beneficios adicionales pierde sentido económico para una parte de la población. Se instala entonces una dinámica perversa: el trabajador intenta recuperar por medios informales aquello que considera que el Estado le ha quitado, mientras el Estado tolera parcialmente ciertos comportamientos porque esa tolerancia contribuye a sostener el equilibrio del sistema.

La explicación de las convocatorias

Así se configura una relación de dependencia mutua: unos dependen de las concesiones informales para subsistir y otros dependen de que esa estructura continúe funcionando sin cuestionamientos profundos.

Quienes sostienen esta interpretación consideran que este fenómeno no es nuevo ni coyuntural. Argumentan que durante años se ha consolidado una cultura donde la participación política y la adhesión pública al sistema también terminan vinculadas a mecanismos de supervivencia material.

Bajo esta lectura, asistir a convocatorias oficiales, mantener determinadas apariencias de apoyo o evitar confrontaciones abiertas no necesariamente expresa convicción ideológica, sino una forma de proteger el sustento cotidiano. El temor no sería únicamente la sanción política directa, sino perder el espacio económico informal que permite sobrevivir.

La dependencia económica

En consecuencia, lo que desde el exterior muchas veces se interpreta como un respaldo irrestricto a la revolución, podría entenderse —según esta opinión— como el resultado de una compleja relación entre necesidad, dependencia económica y adaptación social.

Cuba aparece entonces como una realidad difícil de explicar desde categorías tradicionales. Un sistema donde la economía informal, el control institucional y la supervivencia cotidiana terminan entrelazándose hasta el punto de que distinguir entre apoyo político y necesidad material se vuelve extraordinariamente complejo.

Yo fui, como la mayoría de ustedes un sobreviviente. Hice lo que tuve que hacer, y jamás le di al régimen de la Habana la justificación necesaria para encarcelarme por motivos comunes, aunque los cometí, pero lo hice para sobrevivir. Gracias que fui preso por mis ideas, y no por sobrevivir. Y aunque no se me consideró como un preso de conciencia, mi conciencia está tranquila.

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