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Por Max Astudillo ()

La Habana.- En Estados Unidos reclaman al anciano Raúl Castro para enjuiciarlo por la muerte de cuatro pilotos de Hermanos al Rescate. Y me parece justo. Pero permítanme decir algo que ningún fiscal del norte entenderá del todo: esos cuatro muertos, por dolorosos que sean, son apenas una anotación menor en la vasta contabilidad criminal del hermano menor. Los cubanos tenemos una lista mucho más larga, más íntima, más sangrienta. Y deberíamos ser nosotros, los suyos, los que le leamos la sentencia antes de que cualquier tribunal extranjero le ponga una mano encima.

Hablemos de Santiago de Cuba, enero de 1959. Mientras Fidel se paseaba por La Habana entre multitudes que aún no sabían lo que venía, Raúl ya estaba ensayando su oficio en el oriente de la isla. En la Loma de San Juan, sin juicio, sin defensa, sin piedad, ordenaron fusilamientos que nunca aparecieron en los titulares. Decenas de hombres cayeron por el simple pecado de haber servido a un dictador que ya se había ido. Incluso porque el hermano, ahora de 95 años, imaginó que habían servido a Batista. Pregunten a los santiagueros viejos. Ellos recuerdan. Yo también he oído los nombres, las fechas, los fusiles humeando al amanecer. Ese fue el bautismo de sangre del que después fue Ministro de las FAR.

¿Y los muertos de Angola?

Luego vino Angola. Y aquí los cubanos de verdad tenemos una deuda con la memoria que ningún relato oficial podrá pagar. Raúl Castro mandó a cientos de miles de jóvenes a una guerra que no era nuestra, a morir por intereses que no entendían, en una tierra que no conocían. Pero no solo murieron allá. Los que regresaron —los que tuvieron la suerte de volver— trajeron consigo el SIDA, afectaciones por paludismo para años, las secuelas psicológicas que ningún hospital de la isla supo tratar. Muchos acabaron sus días en un rincón, olvidados, rotos, mientras el General de Ejército cazaba patos en sus cayos reservados. Eso también es asesinato. Solo que más lento.

El remolcador 13 de marzo. Las UMAP. Los desalojos forzados del Escambray. Los presos políticos que llenaron cárceles durante seis décadas. Los muertos en prisión que nadie reclamó. Los opositores que desaparecieron sin dejar rastro. Todo eso tiene la firma del hermano menor. Porque mientras Fidel era la palabra, el verbo encendido, la arenga de tres horas bajo el sol, Raúl era el brazo. El que ejecutaba. El que organizaba. El que fundó GAESA, ese monstruo militar-empresarial que hoy estrangula la economía cubana mientras alimenta las arcas de los generales. Y el EJT, el Ejército Juvenil del Trabajo, no fue más que un ensayo de esclavitud moderna: jóvenes en uniforme, explotados por guardianes, sin sueldo, sin futuro, mientras los jefes se contaban la ganancia.

Raúl Castro ejecutó generaciones

Y la doble moral, esa especialidad castrista, alcanza en Raúl cotas de genialidad perversa. En los tiempos en que hablar con un extranjero era diversionismo ideológico, causa de expulsión universitaria o de cárcel, su hija se casó con un chileno primero, con un italiano después. Él mismo, el gran defensor del «socialismo o muerte», ha vivido como un boyardo ruso: yates, fincas privadas, cotos de caza con animales exóticos, mansiones en La Habana que sus descendientes alquilan a precio de oro. Mientras el pueblo cubano come lo que puede, los Castro se dan la gran vida. Y pretenden hablar de dignidad. Es obsceno.

Por eso, señores fiscales de Estados Unidos, con todo respeto: adelante con su causa por los cuatro pilotos. Pero sepan que nosotros, los cubanos de adentro y de afuera, tenemos una cuenta mucho más antigua y más grande. Raúl Castro no solo derribó aviones. Derribó sueños. Ejecutó generaciones. Institucionalizó la miseria. Y lo hizo con una sonrisa pícara, ese rictus que tantos cubanos conocemos, mientras su familia se enriquecía en silencio. Los cubanos deberíamos juzgarlo antes que nadie. Y condenarlo. No por venganza, sino por justicia. Porque si hay algo que este pueblo merece, después de todo, es decirle al verdugo, cara a cara: ya basta.

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