
Violencia en Cuba: ¿camino a la libertad o último recurso de un pueblo contra la dictadura?
Por Joel Fonte ()
La Habana.- Desde que existe la humanidad, la violencia ha sido quizás el más inevitable de los males. Así lo han admitido —conformes o no con su uso— las más grandes personalidades de la historia universal, incluidos los llamados pacifistas.
Un día, por ejemplo, llamó mi atención la lectura de un encuentro que la poetisa chilena Gabriela Mistral —declarada seguidora de José Martí— sostuvo con el entonces presidente Harry Truman en la Casa Blanca, en marzo de 1946. La también reconocida educadora, humanista y pacifista había recibido poco antes el Premio Nobel de Literatura. En aquella laxa conversación, que ocurría cuando aún gravitaba sobre la conciencia mundial el olor a quemado de los cadáveres de decenas de miles de japoneses víctimas de los bombardeos nucleares de agosto de 1945, Mistral no tuvo una palabra de reproche hacia aquella barbarie. Sin embargo, denunció con energía la tolerancia estadounidense hacia la dictadura de Leonidas Trujillo en República Dominicana.
Fue quizás porque, tras la pérdida de más de 50 millones de vidas durante la Segunda Guerra Mundial, la época exigía el fin de la matanza y la derrota de Japón a toda costa: aquel exterminio nuclear se mostró al mundo como un mal necesario.
Los ejemplos del uso y la aceptación de la violencia como una necesidad extrema son muchos, inabarcables. Tal vez la génesis de ello se resume en las tesis científicas del padre del psicoanálisis, el austriaco Sigmund Freud, quien defendía el predominio de los instintos sobre la razón —contrario a la tesis tradicionalmente aceptada—, otra vez como un mal inherente a la condición humana, consustancial. Sobre todo, las dos guerras mundiales pusieron al desnudo esta realidad.
A veces la violencia es inevitable
Debe evitarse la solución violenta de los conflictos, pero muchas veces se vuelve inevitable.
Esta realidad es tan consensuada que existen incluso normas jurídicas que regulan las guerras y sus límites de brutalidad —el derecho internacional humanitario—. Las propias organizaciones internacionales encargadas de velar por la paz en el mundo autorizan, en situaciones extremas, el uso de la fuerza contra Estados enteros.
El principal instrumento del derecho internacional, la Declaración Universal de los Derechos Humanos, hace referencia explícita al derecho de los pueblos a apelar a la rebelión como recurso último frente a gobiernos opresores.
Entonces, lo que debe servir de indicador —así lo evalúo— para verificar la legitimidad moral del uso de la violencia es, primero, qué determina su necesidad, y luego, si es ciertamente imprescindible.
Cuba, ahora mismo, vive una situación que obliga a ese examen.
En la isla viven millones de seres humanos sometidos desde hace décadas a una situación extrema impuesta por un puñado de hombres —con los Castro a la cabeza— que los han privado de las condiciones de vida más básicas y de los derechos humanos más elementales.
En los años más recientes, por la acumulación y agudización de problemas económicos, sociales, políticos y de todo tipo —que esa dictadura no ha sido capaz ni tiene la voluntad de resolver—, la vida en el país se ha vuelto más que dramática: inhumana.
Fenómenos como la corrupción en todas las estructuras del poder, la ingobernabilidad, la desarticulación del funcionamiento del Estado, el hambre, la mendicidad y la carencia de servicios públicos básicos son realidades cotidianas.
El castrismo empuja al pueblo a la violencia
En un contexto así, de completa desesperanza, donde las soluciones reales pasan por decisiones fundamentales como la democratización del país, el reconocimiento de las libertades ciudadanas y de los derechos económicos, políticos y sociales —y estos son negados al pueblo por la cúpula que controla el poder—, se empuja a esos millones de seres humanos a apelar a la violencia, al uso de la fuerza, para reivindicar tales derechos.
La violencia se convierte así en una necesidad, y esa violencia no es atribuible a quienes la ejercitan, sino a quienes con sus políticas la originan: el régimen.
Por lo tanto, la responsabilidad de un estallido de violencia, de hechos similares, deja de recaer sobre el pueblo —esos millones de almas que sufren ese exterminio— y está en los hombros del aparato represor, de la dictadura.
Asimismo, resulta manifiesta su inevitabilidad.
Por eso, calificar de mercenario, agente del Imperio o de cualquier otro modo ofensivo a un cubano de bien que ansía una vida nueva —con el propósito de descalificar su patriotismo y oscurecer el agotamiento del pueblo y su derecho a la rebeldía— no es más que una de las estrategias de manipulación del castrismo para dilatar lo inevitable: su caída.
Basta de tolerar injusticias. No más temor. No más dictadura en Cuba.






