«Comer lo que seamos capaces de producir»: la sentencia de muerte del castrocanelismo

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Cuando Miguel Díaz-Canel suelta eso de que «a partir de ahora vamos a comer lo que seamos capaces de producir», lo que está diciendo, en lenguaje de funcionario que nunca ha sembrado una mata de frijoles, es que millones de cubanos corren el riesgo cierto de morir de hambre. Porque en Cuba no se trata de que la tierra no sea fértil —que lo es, y de las mejores del mundo—, sino de que no hay cómo trabajarla.

No hay aperos, no hay combustibles, no hay simiente, no hay bueyes, no hay tractores, no hay nada. Lo que hay es un gobierno que lleva seis décadas expoliando el campo, arrebatando tierras a los campesinos y obligándolos a abandonar sus parcelas con la excusa de que el Estado las necesitaba para sus «planes agrícolas». Ya vemos los resultados: planes de hambre, planes de miseria, planes de muerte.

Decir esto a estas alturas, cuando la dictadura ya ha demostrado su absoluta incapacidad para producir alimentos, no es solo una confesión de fracaso. Es una condena explícita. Porque el régimen no está anunciando una reforma agraria ni una reactivación del campo. Está diciendo, con todas las letras, que el pueblo se las apañe como pueda. Que si no produces, no comes.

Y eso, señores, en un país donde el gobierno controla la tierra, los recursos, los combustibles y las semillas, es como decirle a un náufrago que nade hasta la orilla sin brazos. El régimen te quitó las herramientas, te secuestró la tierra, te expulsó del campo y ahora, encima, te exige que produzcas. Es el colmo del cinismo.

Las secuelas del castrismo en el campo

Porque Cuba no tiene bueyes. Los pocos que quedaron se los comieron o los vendieron por partes. No tiene tractores, porque las pocas máquinas que funcionaban están oxidadas en medio de potreros abandonados. No tiene ganado para levantar hatos ni producir leche. No tiene fertilizantes, porque los que llegaban de la Unión Soviética se acabaron hace treinta años.

Tampoco tiene personas con conocimiento de las labores agrícolas, porque el castrismo se encargó de exterminar a los campesinos. Los obligó a exiliarse, los empujó a la ciudad a engrosar las filas del desempleo, los sometió a una libreta de racionamiento que nunca fue más que un mecanismo de control poblacional. Hoy, millones de cubanos no saben sembrar una habichuela. Y no es que sean vagos. Es que les robaron la memoria del campo.

No quiero ni imaginar la estampa de Díaz-Canel diciendo eso mientras él y sus generales desayunan langosta en La Habana. Porque mientras el pueblo se pregunta de dónde va a sacar un poco de arroz para sus hijos, la cúpula castrista disfruta de manjares importados, cocinados por chefs que jamás han pisado un campo de cultivo. Ellos no van a morir de hambre. Ellos tienen sus neveras llenas, sus cuentas en el extranjero, sus aviones para viajar a buscar lo que aquí no encuentran. La sentencia es solo para los de abajo. Para los que se quedaron. Para los que el régimen condenó a vivir en un país sin futuro.

Pero que nadie se equivoque. El problema no es la tierra, que sigue siendo generosa. El problema es el sistema que la secuestró. Cuando este régimen caiga —porque caerá, aunque les duela—, el campo cubano renacerá. Los campesinos exiliados volverán con sus semillas guardadas en el equipaje. Los tractores llegarán, los fertilizantes se comprarán, los bueyes volverán a arar la tierra. Y entonces sí, entonces podremos decir aquello de «comer lo que seamos capaces de producir». Pero no como una sentencia de muerte, sino como una promesa de resurrección. Mientras tanto, que los Castro y Díaz-Canel se vayan a producir a otra parte. Por aquí, su tiempo se acabó.

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