
La solidaridad premia al aparato represivo
Por Yeison Derulo
La Habana.- En un país donde conseguir un paquete de pollo o una caja de antibióticos parece una misión imposible, ver a miembros de la Policía Nacional Revolucionaria cargando bolsas de ayuda humanitaria provoca algo más que molestia: genera indignación.
Las imágenes tomadas en Centro Habana y difundidas en redes sociales muestran a dos uniformadas con módulos presuntamente enviados desde México como parte de la asistencia destinada al pueblo cubano. La escena, por sí sola, dice demasiado.
La narrativa oficial insiste en vender cada cargamento internacional como un gesto de solidaridad con una población golpeada por la crisis. Sin embargo, la experiencia del cubano promedio cuenta otra historia. Los barrios siguen vacíos, las farmacias parecen decorados abandonados y las familias continúan resolviendo con imaginación lo que el Estado no garantiza. Entonces surge la pregunta inevitable: si la ayuda llega, ¿por qué la necesidad no disminuye?
El problema no es únicamente una foto incómoda. Es lo que representa. En Cuba existe una jerarquía de prioridades no escrita, pero perfectamente visible. Primero se protege a quienes garantizan el control social: militares, policías, cuadros políticos y toda la estructura que mantiene funcionando el engranaje del poder. Después viene el resto, una ciudadanía acostumbrada a hacer colas infinitas, soportar apagones y sobrevivir con salarios simbólicos.
La falta de transparencia en la distribución de estas donaciones alimenta aún más el malestar popular. No hay auditorías públicas, no existen informes claros y mucho menos mecanismos independientes que permitan verificar el destino real de cada módulo. Todo queda bajo control del mismo aparato estatal que administra la escasez como herramienta política. En ese contexto, la confianza es prácticamente nula.
Lo ocurrido vuelve a poner sobre la mesa una discusión incómoda para el régimen: la ayuda internacional enviada a Cuba no solo enfrenta el reto logístico de entrar a una isla en crisis, sino también el riesgo de ser absorbida por un sistema donde los privilegios suelen circular en dirección opuesta a las necesidades reales.
Mientras tanto, el cubano de a pie observa estas imágenes con la resignación amarga de quien ya casi no espera justicia, pero todavía conserva capacidad para indignarse.






