
En Cumanayagua no podías tener dinero pero los Castro acumulaban islas
Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Allá por los años ochenta, en Cumanayagua no se podía tener dinero. Bueno, se podía, pero mal asunto. Porque tener unos pocos pesos más que el vecino te convertía en sospechoso, en un «enriquecido ilícito», en un mal ejemplo para la juventud. El gobierno insistía: todos iguales, todos en la misma escala. Y esa escala, claro, era la más baja de todas, la de la pobreza.
Así que si tenías más de un jean, ya llamabas la atención. Si vestías ropa que te enviaba un familiar desde Miami, te señalaban. Y ni soñar con usar unos tenis que no fueran Varadero o Matoyo, porque los Adidas o las Nike eran cosa de “traidores”.
En Cumanayagua, Ranchuelo, Najasa o Contramaestre, toda la isla profunda respiraba ese manual de austeridad forzosa. Nadie podía alardear, nadie podía destacar, nadie podía salirse del rebaño.
Pero mientras en los pueblos perdidos del centro de Cuba la gente miraba al suelo para no levantar sospechas, en algún lugar de La Habana, la familia Castro se atrincheraba. Ellos no tenían que preocuparse por tener un jean de más. Ellos acumulaban fortunas, casas para hijos y nietos, autos de lujo, yates, islas enteras en los cayos del norte, y del sur.
Ellos planificaban su vida no para el mes siguiente, sino para el día después del régimen. Porque ellos, los Castro, ya sabían desde el principio que la igualdad era un cuento para los tontos. La igualdad era para los demás. Para ellos, el privilegio.
El «sálvese quien pueda»
Llegaron los años noventa y Fidel Castro soltó aquello del «sálvese quien pueda», que no dijo textualmente, por supuesto. El país se hundía en el Período Especial, el hambre asomaba en cada esquina, y la gente se comía hasta los gatos. Pero los Castro ya estaban a salvo.
Ellos tenían sus reservas en dólares, sus contactos en el exterior, sus propiedades blindadas. Y con ellos, los altos militarotes que los acompañaron desde la Sierra Maestra, los generales sin batallas, los burócratas leales que supieron lamerse las heridas a tiempo. Todos ellos se aseguraron, todos ellos se protegieron, todos ellos comenzaron a tejer su salvavidas mientras la gente se ahogaba.
Entonces la corrupción se generalizó. Porque si los de arriba robaban, ¿por qué no iba a robar el de en medio? Y si el de en medio robaba, ¿por qué no iba a robar el de abajo? Y así, en cadena, el robo se convirtió en el pan nuestro de cada día.
Los dirigentes a todos los niveles se repartieron lo que pillaron: casas, tierras, vehículos, todo lo que tuviera valor. Se dieron la buena vida, viajes, comidas, amantes, mientras al pueblo le decían que no había azúcar, que no había leche, que no había eléctricidad, y que todo era culpa del bloqueo.
Unos pocos pagaron, eso sí. Los que hablaron de más, los que se sublevaron, los que se creyeron que podían denunciar al jefe. Como aquel Luis Orlando Domínguez que una vez dirigió la UJC y acabó mordiendo el polvo. Pero los demás, los que supieron callar y repartir, se afincaron aún más.
La igualdad de la miseria
Hoy han pasado más de cincuenta años desde aquellos ochenta, y la foto sigue siendo la misma pero con más píxeles. Los Castro tienen su vida asegurada, su futuro garantizado. Son dueños de islas, yates, bares, restaurantes, fotógrafos con cámaras de 47 mil dólares, un lujo que solo pueden permitirse unos pocos en una isla empobrecida donde un trabajador gana 20 dólares al mes, si tiene suerte.
Mientras tanto, en Cumanayagua, en Ranchuelo, en Najasa, la gente sigue mirando el suelo, no por miedo ahora, sino por hambre. Pero el suelo no da respuestas. El suelo da tierra. Y la tierra, en Cuba, siempre fue de ellos. Nunca nuestra.
Así que ya saben la historia. La igualdad que nos vendieron era la igualdad en la miseria. El socialismo que nos impusieron era el socialismo para los de abajo y el capitalismo salvaje para los de arriba. Y la familia Castro, esa que decía defender al pueblo, fue la primera en traicionarlo.
No es nuevo. Es viejo. Tan viejo como el hambre. Pero mientras ellos navegan en yates por los cayos, el pueblo sigue esperando. No una limosna, no un permiso, no una promesa. Espera justicia. Y la justicia, aunque tarde, siempre llega. Porque el tiempo, ese implacable juez, no perdona ni a los apellidos más blindados. Y cuando llegue, no habrá cámara de 47 mil dólares que pueda capturar la caída. ?¿Verdad, Alex Castro?






