La miel que tumbó a un ejército

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Hay batallas que se pierden por cobardía, otras por mala estrategia y otras por pura mala suerte. Pero la que les voy a contar hoy se perdió por golosos. Resulta que Jenofonte, ese historiador y militar griego del siglo V antes de Cristo, lideraba la famosa Expedición de los Diez Mil. Un ejército de mercenarios que había sido contratado por un príncipe persa para derrocar a su hermano el rey. Lo malo es que el príncipe murió en la batalla de Cunaxa, y los griegos quedaron solos, en medio de territorio hostil, a cuatro mil kilómetros de casa. Pero ellos, que eran duros de pelar, se mantuvieron unidos, nombraron a Jenofonte nuevo comandante y se abrieron paso a base de lanzas y cojones. Hasta que llegaron a la actual Georgia.

Allí, en la Cólquide, la tierra de Dionisio, dios del vino y la locura, los soldados tenían más hambre que el perro de un ciego. Y de repente, encontraron unas colmenas rebosantes de miel. ¡Bingo! Un postre después de tanta miseria. Los griegos se lanzaron a comer como si no hubiera un mañana. Y no lo hubo, al menos para su dignidad. Entre una y dos horas después, aquellos guerreros invictos, los mismos que habían sobrevivido a emboscadas y traiciones, empezaron a delirar, a vomitar y a caerse redondos. El ejército más temido de Asia Menor estaba tirado en el suelo, hecho un flan, derrotado por algo tan inofensivo como la miel.

¿Qué había pasado?

Que las abejas de allí no picaban flores normales. Picaban rododendro, concretamente Rhododendron ponticum, una planta que produce unas toxinas llamadas grayanotoxinas. Las abejas, inmunes al veneno, hacían una miel que a los humanos nos sienta como un tiro. Vómitos, vértigo, alucinaciones, visión borrosa, debilidad… Vamos, lo justo para que un hoplita espartano parezca un borracho en una despedida de soltero. Los griegos pasaron horas tirados en el suelo, viendo elefantes rosas y escuchando canciones de Sabina. Menos mal que los bárbaros locales no se dieron cuenta. O quizá sí, y les dio risa. Al cabo de unos días se recuperaron y siguieron su camino, pero la anécdota ya era historia.

Trescientos cincuenta años después, el romano Plinio el Viejo ya advertía de esta «miel loca» del mar Negro. Pero los romanos, que se las daban de listos, no aprendieron. En el año 65 antes de Cristo, durante la guerra contra Mitrídates VI, las tropas locales dejaron colmenas en el camino de las legiones de Pompeyo. Los romanos, como buenos glotones, comieron. Y mientras estaban en pleno colocón psicodélico, con la visión borrosa y las piernas de goma, los hombres de Mitrídates aparecieron y degollaron a tres escuadrones enteros sin que los pobres romanos pudieran distinguir un gladius de una cuchara de palo. Toma estrategia. Eso no lo enseña el manual de guerra.

Y aquí viene el dato más jodido. En la Turquía actual, cada año se siguen registrando envenenamientos por miel loca. ¿Y quiénes son los afectados? Hombres de mediana edad, unos 56 años de media. ¿La razón? Pues que la miel de rododendro tiene fama de afrodisíaco y de remedio para la hipertensión. El hombre de cierta edad, eterno optimista, la consume con esperanza y termina en urgencias con alucinaciones y la tensión por los suelos. Al menos, consiguen bajar la presión. Aunque sea a costa de ver a su abuela muerta bailando la conga. La historia se repite: primero como tragedia, luego como comedia, y finalmente como titular de sucesos. Así que ya sabe: si ve una miel sospechosa en el mercado, no sea griego. No sea romano. Sea listo. Y déjela donde está. Que no hay gloria que merezca un colocón involuntario. Y menos si encima pierde un brazo.

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