Cannas, la carnicería que Roma nunca pudo olvidar

Comparte esta noticia

Por Rafa Junco ()

Madrid.- ¿Es posible que un ejército sea aniquilado por otro al que dobla en número? Pues mire, si no se lo cree, pregúnteles a los romanos. El 2 de agosto del año 216 antes de Cristo, en las llanuras de Cannas, un tipo llamado Aníbal Barca les dio una lección que aún hoy duele.

Roma, que entonces ya se las daba de superpotencia, mandó a ochenta mil soldados, sus dos legiones más poderosas, con la misión de aplastar a los cartagineses de una vez por todas. Y Aníbal, que no era tonto, les tendió una trampa que pasó a los libros de historia como la madre de todas las masacres.

¿Qué hizo Aníbal? Pues algo tan sencillo como genial: una formación en media luna. Dejó que su centro retrocediera lentamente, como si estuviera huyendo, mientras sus flancos de caballería rodeaban a los romanos por los lados. En cuestión de horas, el ejército romano, que había ido a aplastar enemigos, se convirtió en una masa humana asfixiante. Los soldados no podían ni levantar las espadas de lo apretados que estaban. Fue un matadero. Y no exagero: murieron cerca de cincuenta mil romanos en un solo día.

Cincuenta mil. En un día. Para que se hagan una idea, eso es más del doble de los muertos estadounidenses en toda la guerra de Vietnam, pero concentrados en unas horas y con espadas. La élite de Roma quedó hecha picadillo. Los anales cuentan que el cónsul Paulo murió atravesado por una jabalina, y que el otro cónsul, Varrón, huyó como pudo con apenas setenta jinetes. El resto, a la fosa común. Fue la derrota más sangrienta y humillante de la historia de la República. Y Roma, que nunca olvida ni perdona, tardó décadas en recuperarse.

La soberbia de Roma

¿Y por qué pasó esto? Pues por soberbia, amigo. Los romanos iban tan sobrados que ni siquiera se plantearon que un ejército más pequeño pudiera hacerles frente. Mandaron a sus legiones en formación apretada, pensando que el número lo aplastaría todo, y Aníbal, que era un zorro, aprovechó su propia rigidez para convertirlos en sardinas en lata.

La inteligencia pesó más que el acero. Y los estrategas militares aún hoy estudian Cannas como la maniobra de cerramiento perfecta. Vamos, que fue el día que Roma estuvo a punto de desaparecer del mapa antes de convertirse en imperio.

Así que, si me preguntas si la culpa fue de la soberbia romana o de la genialidad de Aníbal, yo le digo que las dos cosas. Roma fue arrogante y Aníbal fue un genio. Pero ojo, que al final el Imperio Romano se tomó la venganza fría: destruyeron Cartago hasta los cimientos. Pero eso es otra historia.

Lo que nos queda es la imagen de cincuenta mil cadáveres en una llanura, y la certeza de que el número no siempre gana. A veces, como en Cannas, el que tiene el cerebro mejor amueblado es el que escribe la historia. Los demás, que se dediquen a contar muertos.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *

Lo más consultado hoy