La encuesta incómoda y el voto invisible

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Por Jorge Sotero ()

La Habana.- Aparece una encuesta. La lanzan medios independientes, con todas las limitaciones del mundo, pero con una virtud que en esta isla brilla por su ausencia: la transparencia del esfuerzo. Inmediatamente, los guardianes del pensamiento único —los mismos que nunca han visto una tetera volando— salen a escupir su verbo científico. Que la muestra no es representativa. Que el método no es el adecuado. Que un sondeo no se hace así. Y uno los observa, con la paciencia del que ha vivido suficiente para saber que el perro del hortelano es, ante todo, un animal de costumbres.

Pero entonces la memoria, esa vieja aliada, me lleva a La Habana. A aquella otra encuesta, la fantasma, la que nadie ha visto pero todos deben aceptar. La que presume que la inmensa mayoría de los cubanos respalda a la revolución, quiere la continuidad del socialismo decadente y venera a Fidel en la tumba y a Raúl casi también.

Y pregunto yo, con toda la mala leche que he ido acumulando en estos sesenta y tantos años: ¿qué método usaron esos? ¿Cuál fue el tamaño de la muestra? ¿Quién contó los votos en algún referéndum donde la papeleta se doblaba en público y el miedo también se doblaba con ella?

Nada en Cuba es transparente

No hubo nunca una elección libre en esta isla, amigos míos. Ni para medir simpatías, ni para medir nada. La única encuesta científica que conoce el castrismo es la que mide la distancia entre una boleta y una huella dactilar. Porque aquí, cuando te entregan un papel y te sonríen, todos sabemos lo que significa “votar aconsejable”. Sabemos lo que hay pegado en la pared de la cabina. Sabemos que la anulación del voto puede terminar con un expediente laboral, con un familiar interrogado, con una beca cancelada sin explicación. Esa es la única estadística que maneja el régimen: la del silencio armado.

Así que no venga ahora nadie a darme lecciones de ciencia, de representatividad, de rigor metodológico. Porque en Cuba nada ha sido diáfano desde aquel primero de enero de 1959. Nada. La transparencia aquí es un chiste que los Castro se contaron una vez y nunca más volvieron a repetir porque no les dio la gana.

La selección del presidente, que no elección, se hace a dedo. La del vicepresidente, igual. Y la de los diputados, también. ¿Y la encuesta de popularidad? Esa la escribió un tipo en una oficina con máquina de escribir, probablemente la misma donde firman los partes de victoria cuando pierden.

Entonces, permítanme que me moleste, pero con conocimiento de causa. Que la encuesta independiente tendrá sus fallos, sus límites, sus inexperiencias. Pero al menos existe. Al menos alguien preguntó. Al menos alguien intentó escuchar, aunque fuera a escondidas, con el miedo pegado a los labios. Mientras tanto, el otro sondeo, el oficial, el que nadie ha visto, ese sí que es un fraude. Pero de ese no hablan los críticos. De ese, ni una palabra. Porque el perro del hortelano, ya se sabe, no come ni deja comer, pero tampoco ladra cuando el amo tira la cadena.

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