
El último hombre que despertó a una ciudad a cañonazos
Por Rafa Junco ()
Madrid.- A eso de las cuatro de la madrugada, cuando Londres todavía olía a carbón y a cerveza rancia, aparecía él. No llevaba linterna ni llave maestra. Llevaba un palo de hasta tres metros y una bolsa llena de guisantes secos. Se llamaba Alf, aunque nadie en el barrio de Whitechapel sabía su apellido. Y su oficio, tan honrado como olvidado, era el de despertador.
Era una profesión de verdad, señor mío, en esa Inglaterra victoriana donde los obreros salían a las cinco a las fábricas y no existía, ni soñar, un iPhone que sonara a tu lado.
La técnica de Alf era fina como un reloj de bolsillo pero contundente como un capataz. Para los vecinos de la planta baja, daba tres golpes secos en la ventana con la mano envuelta en un trapo. Para los del primer piso, alargaba su vara de avellano y tocaba el cristal con una canica atada al extremo. Pero para los dormilones de los pisos altos, en aquella ciudad de casas apiñadas y humedades, el método era más poético: lanzaba un puñado de guisantes o habas contra los vidrios. Tac-tac-tac-tac. Como si lloviera piedrecitas. Y el hombre se desperezaba, maldiciendo, pero a su puesto.
Historias de despertadores
Esto no pasaba solo en Londres. Por toda Europa, los despertadores humanos eran tan necesarios como el pan. En Manchester, usaban largas pértigas con un gancho para sacudir las maderas de las ventanas. En el Ruhr alemán, los Knopfwecker —“despertadores de botones”— iban con un saquito de arroz o arena fina y lo estampaban contra los cristales.

En Lyon, los más finos tocaban una flautita dulce bajo cada balcón. Y en Viena, donde la precisión es religión, algunos usaban un sistema de cuerdas y poleas desde la calle para tirar de la cenefa de la cama. Usted tiraba, la sábana se escurría, y el durmiente rodaba al suelo sin escalas.
Pero nada como el escándalo de los municioneros de Hull. Allí, los despertadores tenían una solución más radical para los que no se levantaban ni a guisantazos: un cañón portátil de fogueo. Cargaban una cucharada de pólvora, apuntaban a la fachada, y zas. Un estampido que despertaba media calle y al dormilón, que salía en camisón creyendo que los franceses habían invadido.
Dicen las crónicas que un tal Barnaby, en 1887, ganó una apuesta despertando a un herrero sordo con tres salvas y un grito: “¡Que se quema la herrería!”. El herrero salió con un martillo. Barnaby con una carrera olímpica. Y el oficio, señor mío, se perdió cuando llegaron los despertadores de cuerda, pero la memoria de aquellos madrugadores a sueldo merece un aplauso. O al menos una ventana abierta y un puñado de guisantes.






