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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Resulta, cuando menos, grotesco escuchar a los artífices del izquierdismo cubano —esa corte de académicos de salón y militantes de café en esta capital, Madrid o Miami— alzar la voz contra quienes señalan la única verdad posible: la dictadura castrista no se diluirá por arte de birlibirloque, ni caerá como un fruto podrido por propia voluntad.

Estos falsos profetas, que nunca han sentido el frío de una celda en Canaletas, el Combinado del Este, ni el hambre de un mes tras otro de racionamiento, se atreven a exigir “valentía desde dentro”, como si desde 1959 alzar la cabeza en la isla no fuera sinónimo de ser arrojado a los calabozos de la Seguridad del Estado, condenado al destierro perpetuo o directamente borrado del mapa.

La historia de Cuba está sembrada de huesos y voces amputadas: William Morgan, Hubert Matos, los muchachos de la Habana, los poetas de Santa Clara, los periodistas fusilados con la tinta aún caliente en los dedos. Pero ellos, los críticos de postureo, fingen no saberlo.

La falacia de la “transición pacífica” que algunos todavía defienden no es más que un brindis al sol de los ingenuos o, peor aún, un ardid para perpetuar el régimen. Porque el castrismo, en su esencia más primaria, jamás ha cedido un centímetro de poder sin que la sangre mojara el asfalto. Basta recordar el 11 de julio de 2021, cuando el pueblo —ese mismo pueblo al que los apologistas del régimen dicen representar— salió a las calles de San Antonio de los Baños, Matanzas y La Habana con las manos vacías y el estómago encogido.

La respuesta entonces no fue el diálogo ni la apertura democrática: fueron miles de guardias armados con porras, soldados de las FAR y esbirros del Minint golpeando sin piedad a hombres, mujeres y ancianos que reclamaban luz, comida y libertad. ¿Dónde quedó entonces la vía pacífica? En los comunicados mentirosos del Partido, donde siempre ganan ellos y el pueblo es apenas un borrón estadístico.

Trump los tiene en jaque

Hoy, mientras la cueva de los Castro se llena de juergas palaciegas, y los hijos y nietos del tirano viajan en yates por las costas de Turquía o cenan caviar en hoteles de lujo financiados con el sudor de un pueblo que no come, los habaneros se preguntan si tendrán fuerzas para enterrar a un familiar sin que el cadáver se descomponga en la sala.

Los apagones son moneda corriente, las farmaccias están vacías, y un niño con asma puede morir porque no hay un médico ni una ambulancia, ni una carreta, para llevarlo al hospital.

Esa es la Cuba real: la del hambre crónica, la de los ancianos comiendo n la basura, ya sin dientes, la de las madres que no pueden comprar leche. Y ante ese cuadro de devastación, la cruzada que Donald Trump ha emprendido contra la isla se presenta no como una opción grata, sino como la única tapioca en un mar de veneno.

No se trata aquí de defender el sable estadounidense a la vieja usanza imperial, ni mucho menos de romantizar la injerencia ajena. Se trata de admitir, con el rigor del náufrago que ve un barco en el horizonte, que Cuba lleva sesenta y tantos años sin oxígeno. La política de bloqueo ha sido un instrumento de doble filo, sí, pero las nuevas sanciones y el cerco financiero, por duros que sean, han logrado lo que ninguna diplomacia complaciente consiguió: poner en jaque a una tiranía que solo entiende de presión y de fuerza.

Si el régimen se tambalea hoy no es por arte de magia, sino porque la asfixia económica —esa que los izquierdistas europeos llaman criminal— ha desnudado la incapacidad absoluta de un sistema que ni produce ni distribuye ni permite soñar.

Es ahora… o nunca

Así que, señores críticos de salón, dejen de mentir. La libertad de Cuba no es un capricho geopolítico ni una ocurrencia de la ultraderecha de Miami: es una necesidad del mundo civilizado. Porque mientras haya once millones de personas viviendo en un campo de concentración sin alambradas pero con carteles de «Patria o Muerte», la humanidad entera estará coja.

Y es ahora o nunca: esta generación que envejece entre apagones y desprecios es quizás la última que puede testimoniar la caída del último bastión totalitario del hemisferio. Si no es por presión externa, si no es por una intervención casi humanitaria que arranque de cuajo este régimen podrido, no quedará nadie en la isla sino fantasmas y palacios vacíos.

Cuba no tiene otra opción: o se hunde por completo o se libera. Y el mundo no puede permitirse el lujo de esperar sentado.

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