
El régimen dice que su petróleo se puede refinar
Por Anette Espinosa
La Habana.- Hay que decirlo sin rodeos: vender como “ruptura de un mito” lo que en realidad es un intento tardío de corregir décadas de ineficiencia, es puro maquillaje político. El anuncio sobre la tecnología de termoconversión del crudo cubano llega envuelto en aplausos oficiales, discursos grandilocuentes y fotos bien cuidadas, pero detrás de esa narrativa triunfalista, lo que hay es un sistema energético colapsado que ha obligado al régimen a improvisar soluciones que debieron existir hace años.
El propio discurso de la cúpula deja entrever la contradicción. Durante décadas, el petróleo pesado cubano fue subutilizado o mal gestionado, mientras el país dependía de importaciones y subsidios externos. Ahora, cuando la crisis aprieta y no hay de dónde sacar combustible, se descubre —casualmente— que sí había ciencia, que sí había investigación, que sí había capacidad. Entonces, la pregunta es inevitable: ¿por qué no se hizo antes? ¿Por qué el país tuvo que llegar a un punto de apagones interminables para empezar a tomar en serio sus propios recursos?
La explicación oficial vuelve a lo de siempre: el bloqueo. Se menciona como causa de la escasez de nafta, de las limitaciones tecnológicas, de prácticamente todo. La mala planificación, la falta de inversión real, la corrupción estructural y la ausencia total de transparencia han convertido al sector energético en un agujero negro donde se pierden recursos sin resultados concretos.
Lo que presentan como avances —una planta piloto, pruebas experimentales, producción limitada de diésel y nafta— en cualquier otro país sería apenas un primer paso. En Cuba, en cambio, se vende como un logro estratégico. Ahí está el problema: la dictadura ha perfeccionado el arte de convertir lo mínimo en épica. El cubano de a pie sigue viviendo entre apagones, cocinando con leña o inventando alternativas en medio de una crisis que no se resuelve con discursos ni con ensayos de laboratorio.
Al final, el mensaje oficial insiste en que “sí hay respuestas desde la ciencia y la innovación”, pero la realidad es otra. La ciencia no puede prosperar en un entorno donde la iniciativa está controlada, donde las decisiones pasan por filtros políticos y donde el talento termina emigrando por falta de oportunidades.
Este tipo de anuncios no cambian el fondo del problema: un modelo agotado que reacciona tarde, mal y obligado por la urgencia. Y mientras no se toque esa raíz, cualquier “innovación” será apenas un parche más en un sistema que hace tiempo dejó de funcionar.






