¡Gaius Duilius: el loco que enseñó a los romanos a pelear sobre el agua!

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- ¡Cómo no vas a querer a este tipo! Hubo un tiempo, mi gente, en que Roma era la dueña de la tierra pero se orinaba encima cada vez que miraba el mar. Así de claro. En la Primera Guerra Púnica, los cartagineses, esos señores de las olas, se paseaban por el Mediterráneo como quien va al mercado. Los romanos, en cambio, llegaban a la costa, veían un barco enemigo y ya estaban rezando a los dioses.

¿Su mayor miedo? Navegar. Porque claro, en tierra eran leones, pero sobre el agua parecían gatos recién bañados. Hasta que apareció Gaius Duilius, un cónsul con más cojones que vergüenza, que en el año 260 antes de Cristo dijo: “Si no podemos ganar navegando, vamos a hacer que el mar se convierta en tierra firme”. ¿Y cómo carajo haces eso? Pues con una idea tan simple que hasta un niño la entendería: inventó el corvus.

¿Qué era ese invento? Una pasarela con un gancho de hierro, así nomás. Pero ojo, no era cualquier pasarela. Los barcos romanos se acercaban a los cartagineses, lanzaban el gancho, y ¡pum!, la pasarela caía sobre el barco enemigo como una lengua asesina. De repente, los marineros cartagineses, que eran unos fenómenos en el mar, se encontraban con que les caía encima la infantería romana. ¡La infantería!

Esos tíos que no sabían ni flotar, pero que en combate cuerpo a cuerpo eran una apisonadora. En la batalla de Milas, los cartagineses llegaron tan confiados que hasta se reían. ¿El resultado? Una carnicería. Sus barcos, convertidos en trampas mortales. Y Duilius, convertido en el primer héroe naval de Roma.

¿Te das cuenta lo que hizo? Superó siglos de tradición marinera con cuatro tablas y un clavo. Eso es ingenio romano, señores.

En la guerra se gana con lo que inventas

Pero aquí viene lo mejor. Cuando Duilius volvió a Roma, no lo recibieron con un aplauso tímido. ¡No, señor! Le dieron el primer triunfo naval de la historia. Y para que nadie se olvidara, levantaron una columna en el Foro decorada con los espolones de los barcos que había capturado.

¿Y sabes qué más? Se dice que este tipo era tan orgulloso de su hazaña que, por el resto de su vida, cada vez que regresaba de una cena, se hacía preceder por un flautista y un tipo con antorchas. ¡Un flautista! O sea, paseaba su victoria como si fuera un rockstar. “Que se enteren todos quién soy”, debía pensar. Y la verdad, con razón. Porque gracias a ese flautista y ese gancho, Roma dejó de tenerle miedo al agua.

Ahora, piensa esto, que es lo que me vuela la cabeza: ¿qué importancia tiene la innovación técnica en la guerra? ¡Toda, absolutamente toda! Los cartagineses tenían mejores barcos, más experiencia y viento a favor. Pero los romanos tenían a Duilius, un tipo que entendió que la guerra no se gana con lo que tienes, sino con lo que inventas.

Por eso, cuando alguien te diga que la tradición lo es todo, tú cuéntale la historia del corvus. Porque al final, el que gana no es el que mejor sabe nadar, sino el que convierte el mar en tierra, el miedo en victoria, y una cena cualquiera en un desfile con flautista. ¡Viva Gaius Duilius, carajo!

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