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Por Carlos Alberto Sosa ()

MIami.- Hoy vuelve la rabia, la impotencia, el dolor… ese que no se disimula, ese que te aprieta el pecho y te recuerda, sin piedad, que hay heridas que no dejan de abrirse.

Hace apenas una semana entraron a robar en casa de la madre de mis hijos, en Colón. Se llevaron lo poco que con tanto sacrificio se había logrado reunir. Y ahora, como si no fuera suficiente, ayer 13 de marzo volvieron a golpear, pero esta vez más cerca, más profundo: la casa de mi padre, en el Central España, en Perico.

Mi padre tiene 87 años. Su esposa, 85. Dos ancianos. Dos personas que deberían vivir en paz, en la tranquilidad de lo poco que les queda por delante. Pero mi viejo, además, es de los que lo dio todo. De los que se partió el lomo sin descanso, de los que se rejodió por su país durante más de 50 años en la industria azucarera. Y hoy, después de toda una vida de trabajo, malvive de un retiro miserable, sostenido apenas por la ayuda de la familia y por lo poco que yo puedo mandar desde aquí para que tengan un poco de calidad de vida.
Y, sin embargo, ni eso se respeta.

Les rompieron las tablillas de una ventana y entraron como si nada, con ellos durmiendo dentro. Se llevaron un equipo EcoFlow con sus dos paneles solares portátiles, algo que no es lujo, es necesidad. Es luz. Es un mínimo de dignidad en medio de tanto apagón.
Y lo más duro no es solo el robo. Es saber que estaban ahí, indefensos, vulnerables, a merced de quien o quienes entraron en la noche. Por suerte no sintieron nada. Por suerte no despertaron. Porque uno no quiere ni imaginar qué habría pasado si lo hacían.

¿En qué se ha convertido Cuba? Una pregunta que duele hacer, pero más duele responder. Robos, violencia, asesinatos, desorden… todo creciendo como una sombra que ya no se puede ignorar. Y mientras tanto, la gente resistiendo, sobreviviendo, tratando de proteger lo poco que tiene, aunque cada vez sea menos.

Y uno aquí, en esta orilla, partiéndose el alma trabajando, tratando de ayudar, de sostener, de enviar lo que se pueda… pero no alcanza. Nunca alcanza. Porque no se trata solo de dinero. Se trata de seguridad. De paz. De saber que los tuyos pueden dormir sin miedo. Y eso, por más que uno haga, no lo puede mandar en una caja ni en una transferencia. Esa es la verdadera impotencia.

Hoy no escribo bonito. Hoy escribo con rabia. Porque cansa. Porque duele. Porque indigna. Porque no es justo que nuestros viejos vivan así, que nuestras familias estén expuestas, que la noche, que antes era refugio, ahora sea amenaza.

Cuba necesita un cambio. Pero no uno lento, no uno maquillado, no uno a medias. Necesita un cambio real, profundo, inmediato. Uno que devuelva la seguridad, la dignidad, la tranquilidad. Uno que borre este miedo que se ha metido en las casas y en la piel de la gente. Porque vivir así no es vivir. Y ya es demasiado.

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