Díaz-Canel envía abrazos a Corea del Norte por el 114 aniversario del natalicio de Kim Il Sung

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Por Anette Espinosa

La Habana.- Mientras en Cuba la gente hace malabares para conseguir comida, medicamentos y hasta un poco de corriente eléctrica, Miguel Díaz-Canel dedica tiempo y espacio a enviar felicitaciones a uno de los regímenes más herméticos del planeta.

El mensaje, publicado con motivo del aniversario del natalicio de Kim Il Sung, no solo resulta desconectado de la realidad del cubano de a pie, sino que vuelve a evidenciar las prioridades de una cúpula que vive en una burbuja política.

Hablar de “fraternal abrazo” y “hermandad” con la Corea del Norte no es un gesto inocente. Es, en esencia, una declaración de afinidad ideológica con uno de los sistemas más cerrados y cuestionados del mundo. Y aquí es donde empieza el problema: mientras millones de cubanos sobreviven en medio de una crisis estructural, su presidente decide reforzar vínculos con un modelo que representa exactamente lo que muchos dentro de la isla critican y padecen a diario.

El discurso oficial insiste en rescatar la “amistad histórica” entre Fidel Castro y Kim Il Sung, como si eso fuera suficiente para justificar la continuidad de esa relación. Pero la historia no llena el plato ni resuelve los apagones. Esa narrativa, repetida hasta el cansancio, sirve más como excusa política que como solución real a los problemas urgentes del país. En otras palabras, se invoca el pasado para tapar un presente cada vez más insostenible.

Resulta inevitable ver en este tipo de mensajes un ejercicio de propaganda más que un acto diplomático genuino. Porque mientras se habla de “fortalecer vínculos entre pueblos”, el propio pueblo cubano enfrenta restricciones, carencias y una falta de libertades que poco tiene que envidiarle a la realidad norcoreana. La contradicción es evidente: se promueve una supuesta hermandad internacional mientras se ignoran las demandas internas más básicas.

Al final, el mensaje de Díaz-Canel no dice nada nuevo, pero confirma mucho. Confirma una línea política que prefiere alinearse con regímenes autoritarios antes que abrirse a cambios reales. Confirma también una desconexión profunda entre el poder y la ciudadanía. Y, sobre todo, confirma que, para la dictadura cubana, es más importante sostener discursos ideológicos que enfrentar, de una vez por todas, la crisis que tiene al país al borde del colapso.

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