
¿Hacia dónde vamos?
Por Ulises Aquino Guerra ()
La Habana.- Si somos sinceros y honestos con nuestra realidad, tendremos que reconocer la parálisis de la vida nacional, así como la subordinación de nuestras vidas al sostenimiento de un estado de cosas que contradice la dialéctica.
Este callejón estrecho y sin salida en que se encuentra la economía cubana —que constituye la base única posible para superar la dramática realidad que vivimos— no encuentra salida posible más allá del discurso ideológico tradicional, pero sin propuestas concretas que, de existir, el pueblo las desconoce.
La gente, harta de tantas necesidades y miserias, tiene como única forma de aliviar sus penas el gritar, protestar o mostrar su desesperación en donde pueda. Responder con amenazas, persecución y cárcel es la peor de las opciones que tiene el poder para calmar tanta incertidumbre social, justificada y justa.
Un gobierno del pueblo y para el pueblo tiene la misión de hacerlo partícipe de las decisiones que lo involucran. De lo contrario, se coloca como su principal adversario, aunque sus intenciones fueran las mejores. En horas extremas como las que vivimos, es fundamental la empatía hacia los que sufren todo tipo de carencias. No son simples enemigos ideológicos o políticos: son ciudadanos sin respuestas, sin presente. Y no se puede hablar de futuro sin tener en cuenta la realidad de hoy.
Mi intención con este texto es hacer un llamado a detener la presión y la persecución de los que disienten. Es su derecho.
Cada acto de amenaza o intimidación al que protesta o se expresa es una afrenta a la libertad, y no puede sobrevivir ningún sistema social cuya base se sustente en negar el derecho de gritar ante el dolor.
La única forma de callar ese clamor es demostrando que existe un proyecto que nos involucra a todos hacia la mejoría de la vida, hacia más libertades reales, porque es la libertad el único y legítimo motor del desarrollo.






