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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay quienes, desde la comodidad del escepticismo, miran con desconfianza cada movimiento de Donald Trump hacia Cuba. Ven que el petróleo ruso sigue llegando a la isla, ven que las negociaciones se alargan, ven que los días pasan y la dictadura sigue en pie. Y entonces dudan.

Se preguntan si el presidente estadounidense realmente está dispuesto a poner fin a la dictadura más vieja de Occidente. Pero los que dudan no entienden el juego. No entienden que Trump, el mismo que dijo que Cuba sería la próxima, no es un improvisado. Es un jugador de ajedrez que sabe que las piezas no se mueven todas al mismo tiempo. Y que a veces, dejar que el enemigo respire un poco es parte de la estrategia para asfixiarlo después.

La entrada de petróleo ruso a Cuba no es una concesión, es una trampa. Trump sabe que el castrismo necesita oxígeno para no colapsar de golpe, porque un colapso sin control puede significar un éxodo masivo, una crisis humanitaria, una desestabilización regional que nadie quiere.

Por eso abre y cierra el grifo, dosifica la presión, juega con la desesperación de los Castro mientras ellos se retuercen en la incertidumbre. No saben cuál será el próximo paso. No saben si mañana llegará otro barco o si el bloqueo se cerrará de golpe. Y esa incertidumbre, esa espera angustiosa, es peor que cualquier bombardeo. Porque los dictadores pueden sobrevivir a las bombas, pero no sobreviven a la certeza de que su tiempo se acabó.

Trump quiere un legado

Los cubanos que esperamos el fin del castrismo sabemos que los apagones y las cacerolas no van a tumbar al régimen. Sabemos que la resistencia civil, por valiente que sea, no es suficiente cuando enfrente hay un aparato militar que ha perfeccionado la represión durante sesenta y siete años. Por eso queremos más. Queremos acción. Queremos que el gigante que ha prometido liberarnos se mueva de una vez.

Pero también sabemos que Trump no es un político al uso. No le importa la opinión de los periódicos ni la presión de los lobbies. Solo le importa un cosa: pasar a la historia. Y derrotar al castrismo, poner fin a la dictadura más longeva del hemisferio, eliminar esa piedra en el zapato que Washington ha arrastrado desde 1959, eso sí que es un legado.

Los Castro, mientras tanto, intentan ganar tiempo. Negocian, simulan, hablan de diálogo, de apertura, de inversiones. Pero en el fondo saben que sus días están contados. Saben que la inmensa mayoría de los cubanos no saldría a defenderlos. Saben que su discurso de «resistencia heroica» es una farsa que ya nadie se cree.

Cuando hablan de «millones de cubanos dispuestos a defender la patria», se refieren a ellos mismos, a sus familiares, a los que viven del presupuesto, a los que temen perder sus privilegios. El resto, el pueblo de verdad, el que hace cola para un pan que no llega, el que sufre apagones de 20 horas, el que ve morir a sus hijos sin medicinas, ese pueblo no va a defenderlos. Ese pueblo está esperando.

Estamos a la espera

La diferencia entre Cuba e Irán, entre Cuba y Venezuela, es abismal. En Irán hay un régimen que todavía cuenta con armas y que tiene apoyo popular, por pequeño que sea. En Venezuela, Trump golpeó al chavismo, pero una buena parte tiene motivos para aferrarse. En Cuba, en cambio, el castrismo se ha quedado solo. No tiene pueblo, no tiene legitimidad, no tiene nada más que las armas y el miedo.

Por eso será más fácil. Porque cuando llegue el momento, cuando Trump decida que ya es hora, no habrá batallas callejeras, no habrá resistencia heroica, no habrá nada que se parezca a lo que Díaz-Canel anuncia en sus entrevistas y en sus discursos. Habrá, simplemente, el derrumbe de un imperio de cartón.

Así que los escépticos pueden seguir dudando. Pueden seguir contando los días, midiendo los movimientos, desconfiando de cada gesto. Pero los que conocemos la historia, los que hemos visto cómo este régimen se desmorona por su propio peso, los que sabemos que el pueblo cubano ya no tiene miedo, esos tenemos claro que el fin está cerca.

No sabemos si será en semanas o en meses. Pero sabemos que será. Trump lo hará. Porque su ego, su ambición, su deseo de pasar a la historia, son más poderosos que cualquier cálculo diplomático. Y porque los cubanos, los de dentro, los que hemos sufrido, los que hemos esperado, ya estamos listos.

Solo falta que él dé el paso. Y lo dará. Porque no hay nada que un hombre como Trump desee más que ser recordado como el que terminó con la dictadura más vieja de Occidente. Y nosotros, los cubanos, estaremos ahí para agradecérselo. Y para recordarlo. Siempre.

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