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Cuba al borde del abismo: ¿Cambio político o más de lo mismo?

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Dicen los que saben, o los que se creen que saben, que Cuba está más cerca que nunca de un cambio político. Y quién mejor para decirlo que un senador republicano de Estados Unidos, Ted Cruz, ese adalid de la fortaleza que, con Donald Trump de vuelta en la Casa Blanca, ve “condiciones históricas” para que aquí, en esta isla que se ahoga, ocurra el milagro. ¿Milagro o espejismo? Porque mientras Cruz habla de “dictadores que se cambian los pantalones” tras la captura de Maduro –una operación que, dicho sea de paso, dejó 32 militares cubanos muertos–, la realidad en la calle sigue siendo la misma: apagones, escasez y la sensación de que el tiempo se detuvo hace décadas.

El discurso es potente, no lo niego. La administración Trump, con su política de “mano dura”, parece decidida a asfixiar lo que queda del castrismo. Marco Rubio, otro peso pesado del Congreso y con raíces cubanas, exige un “cambio total” en La Habana: personas, sistema, modelo económico. ¡Vaya exigencia! Como si fuera tan fácil desmantelar un entramado que lleva más de sesenta años enquistado en el poder. Y mientras ellos mueven sus fichas desde Washington, en Cuba, la vida se desmorona a pasos agigantados.

Los datos son demoledores, pero ¿a quién le importan los datos cuando no hay ni para comer? El PIB cubano acumula una caída del 23% desde 2019, con una proyección de descenso adicional del 7.2% para este año. ¡Un 7.2% menos! Y mientras la economía se hunde, el país se vacía. Aproximadamente el 10% de la población ha tirado la toalla y ha emigrado. ¿Quiénes se quedan? Los que no pueden irse, los que se resignan, los que aún creen en un futuro que cada vez se parece más a un pasado gris.

Y la energía, ¡ay, la energía! Esa que nos mantiene a oscuras la mitad del día. Los apagones masivos, que ya afectan al 64% del territorio, con cortes de veinte a treinta horas diarias, son la banda sonora de nuestras vidas. El petróleo venezolano, ese salvavidas que se ha ido secando, ya no llega como antes. Y para colmo, Estados Unidos se dedica a bloquear buques cisterna. ¿El objetivo? Ahogar al régimen, dicen. ¿El resultado? Ahogar a la gente, que es la que sufre las consecuencias. ¿Es esta la fortaleza que predica Cruz? ¿Una fortaleza que se ejerce a costa del bienestar de un pueblo?

Díaz-Canel, el hombre al mando, reconoce que “la vida está muy dura”. ¡Vaya ocurrencia! Como si no lo supiéramos. Como si no lo viviéramos cada día en las colas interminables, en los hospitales que se caen a pedazos, en el transporte público que es una quimera. Pero luego, con la misma facilidad, descarta cualquier cambio político. “Washington no decide si me voy o me quedo”, sentencia. Y mientras tanto, liberan a 51 presos políticos, un gesto que suena a burla cuando todavía hay cerca de 700 tras las rejas, según Human Rights Watch. ¿Es este el gran avance que nos anuncian?

La propaganda oficial sigue su curso, pintando un cuadro idílico que choca brutalmente con la realidad. Nos hablan de soberanía, de resistencia, de un bloqueo criminal que lo explica todo. Pero la verdad es que el problema no es solo el bloqueo. El problema es un sistema que se niega a evolucionar, que prefiere mantener a su pueblo en la miseria antes que ceder un ápice de poder. ¿Y los dirigentes? Los mismos de siempre, los que viven en otra dimensión, los que se benefician mientras el resto sobrevive.

Ted Cruz y Marco Rubio ven en este momento la “mayor oportunidad de transformación geopolítica en la isla desde la caída del Muro de Berlín”. ¡Qué maravilla! El exilio cubano aplaude, ve la luz al final del túnel. Pero, ¿y los que estamos dentro? ¿Vemos esa luz o solo vemos más oscuridad? ¿Es este el cambio que queremos, uno impuesto desde fuera, que nos promete un futuro a cambio de más sufrimiento presente? ¿O acaso hay otra manera de construir un país donde la dignidad no sea un lujo y la libertad no sea una palabra vacía?

La pregunta queda en el aire, pesada como la humedad del trópico. Mientras los políticos de turno juegan sus partidas de ajedrez con nuestro destino, nosotros seguimos aquí, resistiendo, soñando, esperando. Esperando que algún día, el cambio no sea solo una promesa en un video de X, sino una realidad palpable en las calles de esta Cuba que se desangra. ¿Será que la fortaleza de Trump es la llave, o solo otra vuelta de tuerca en la misma vieja historia?

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