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Por Eduardo González Rodríguez ()

Santa Clara.- Uno se aburre de estar a oscuras. Luego se cansa de estar a oscuras. Y por último, uno se cansa de estar cansado. Es ahí que uno escribe, piensa, lee, mientras trata de quitarle dramatismo al hambre de semanas.

Uno también observa, escucha, aprende a respetar el silencio propio y el ajeno. No por un arranque de miedo, sino por un elemental sentido de decencia. ¿Para qué otra mala palabra? ¿Qué sentido tiene quemar naves que ya han sido quemadas? ¿Cuál será el gesto, la oración, que nos acerque a un destino común y que logre diseñarle un nuevo principio a todo esto? Porque no habrá pacto, descanso , ni verdad, si no hay comienzo nuevo. Ignorar eso redundará en más aburrimiento, más oscuridad y más cansancio.

Lo peor, siempre hay un tonto que hablará de «esa luz interior que tenemos todos». Más que tontos, son creadores eficientes de nombres alternativos. Esos que llaman «disponibles» a los desempleados, «coyuntura» a la crisis de energética,»vulnerables» a los muertos de hambre y «residentes en el exterior» a los que antes eran «gusanos, lechuzas, que se cambian por pituzas», tienen una visión muy particular y conveniente de entender los procesos sociales. ¡Hasta al desorden le llamaron Ordenamiento!

Hablar de luz interior para disimular la oscuridad y la falta de pan con un ardid pretendidamente poético y resiliente, es una de las más grandes estafas emocionales de este tiempo. Es imposible ser poeta, resiliente y buena persona, si decides, a conciencia, cambiar el nombre de las cosas para que no suenen tan tremendas. Las cosas como son, como las vives, no como las sueñas o prometes, porque las promesas y los sueños en Cuba llegan tarde, o nunca llegan.

Miren hasta dónde nos trajo el odio al dinero, a la propiedad privada, el «no los queremos, no los necesitamos», como si cualquier país pudiera prescindir de su gente. Miren que lejos nos llevó el «cancelamos, borramos, no pagamos» y los aplausos de la unanimidad, dicen que socialista. Hoy, paradójicamente, necesitamos a todos y queremos pagar. Hoy, una vez más, se prefiere dialogar con cualquiera que esté de acuerdo en sentarse en una mesa de negociación. Con cualquiera, digo, menos con el pueblo cubano.

Solo se podrá hablar de democracia, de inversión extranjera, de economía doméstica, de prosperidad y de luz, cuando se le rindan cuentas a cada cubano que se ha tragado este cable. Y estoy hablando de todos, del que barre las calles, del médico, del científico, de las olvidadas glorias deportivas, de los artistas vetados, del que cree y el que no cree, del que creyó una vez y ahora disiente. Pactar, dialogar, diseñar estrategias únicamente con los que tienen plata, será la más alta traición de la que tengamos memoria.

Pero intuyo, familia, que, una vez más, la pobreza no será la invitada a la mesa de nadie y que, al paso que vamos, perderemos tres libras de peso por semana mientras allá en París, a final de este año, será tendencia andar con un fusil AK colgado sobre el hombro. Moda, le dicen. Y a la gente le encanta estar a la moda.

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