Enter your email address below and subscribe to our newsletter

La patria rota: micropatrias, miedo y la reconstrucción pendiente

Comparte esta noticia

Por Jorge Hernández Albernas (El mirón…)

Dime si a ti también te duele.

Trocito a trocito el camello cabe en el cuscús…
(Proverbio árabe)

Así fuimos troceados, bien divididos, mezclados en un gran arroz con mango a falta de trigo, engullidos y autofagocitados por el «proceso revolucionario». Permitió la mayoría —no escurrir nadie el bulto— el desguace y despiece total de un país, expoliado y puesto a merced de la carcoma bolchevique, sin la opción obvia de una salida, que no fuera este llanto crónico y la letanía eterna del cómo era, del cómo fue posible, del cómo sería si…

Dijo el poeta:
«La verdadera patria del hombre es la infancia» (Rilke).

Esas micropatrias fragmentadas con ensañamiento y alevosía hoy no logran, no pueden, amalgamarse en esa patria común, anhelo de muchos y provecho de pocos.

Imaginemos, en un imposible ejercicio aséptico e indoloro, ver esas micropatrias: la de los miles de niños de la operación Peter Pan, muchos de ellos huérfanos para siempre. Imaginemos o recordemos situaciones en la familia, los amigos o conocidos. La micropatria de esos que quedaron atrapados pendientes de un servicio militar obligatorio al que nunca llamaban, y le impedían reunificarse con sus padres en otras latitudes. Que le pregunten a mi primo Mandy. Imaginemos la micropatria de los desplazados de su región a otras creadas para combatir la contrarrevolución, la de esos imberbes hippies, homosexuales o simples mortales atrapados entre los alambres de púas de un campo de concentración. Imaginemos también, por qué no, la de miles de guajiritos huérfanos y otros miles que secuestraron de sus familias y llevaron a becas para formar al Hombre Nuevo. Algunos mejoraron su estatus, muchos más la empeoraron con el desarraigo familiar.

El miedo en los genes

Imaginemos y recordemos nuestra micropatria. Mi generación heredó una micropatria con el miedo metido en los genes y la conformidad en el reacomodo enfermizo del quítate tú para ponerme yo, después de pasar el cepillo del carpintero rojo, emparejador de cabezas hacia abajo (genuflexión crónica), sumadas al efecto Pigmalión de un amor al espejismo del igualitarismo vestido de igualdad, del mito del Minotauro metamorfoseado en El Caballo, que era en sí mismo laberinto y un ogro diabólico e inteligente que nos quemó las alas a la vez que entonaba cantos de sirena. Tenía barba la jodida sirena y aún así le creímos, engatusados, con las metas sobrecumplidas por siempre en el noticiero de TV y la escasez por cruda realidad.

El sueño era crear algo mejor. Se nos olvidó preguntar: ¿mejor para quién? (¿y por qué tenía que ser hereditaria esa «mejoría», la nueva dinastía de los cuatreros de Birán? Ya no era un sueño, era y es la pesadilla de una absurda y jodida realidad.)

Entonces descubres…

Lo cierto es que nuestra infancia fue una micropatria donde se mezclaba el espejismo de ese mañana mejor donde queríamos vernos reflejados, un crisol de esfuerzos compartidos, de las alegrías del triunfo y el aprendizaje de las derrotas, de la búsqueda constante de objetivos a vencer, que siguen hasta hoy siendo el mismo: superarnos a nosotros mismos. También descubrimos (el que pudo y quiso ver) el miedo a sacar la cabeza, conjuntamente con ver sin un telediario por medio esa otra realidad que supuestamente era el mal, pero que a nuestros ojos le parecía un bien mucho mejor al que te vendían como el paraíso.

Luego creces un poco y en la universidad te acaban de arrancar la venda de las ilusiones. Ves el espejo y el espejismo donde reflejabas tu microterruño caerse y estallar en mil pedazos. Descubres que no entras a estudiar, a por nuevas metas, a menos que comulgues en público con el diablo verdeolivo. Descubres el rojo fuego quemando y marcando al hermano, y en tu pellejo que te quema por no dejar arder tu alma. Y descubres lo que duele ver y ser actor obligado y sin opciones de las vilezas y bajezas humanas. Descubres lo que Heber Spencer afirmó refiriéndose a las ideas teóricas del socialismo, y que nuestro Apóstol apoyó: «de mala humanidad no se pueden hacer buenas instituciones».

Descubres, si quieres descubrirlo sin trucos, que tienes la obligación de crearte una nueva micropatria. Y eso, como buena cura radical, duele…

Cuéntese usted y cuéntanos lo suyo, sin caretas. Ayudemos a no olvidar nuestra responsabilidad de reconstruir la patria de todos. Tiene lógica y parece buena apuesta que entre todos nos duela menos…

Bendiciones, hermanos.

(Hago responsable de «mi desparrame» a los que me obligaban a dispararme los discursos del seboruco… jjjjja)

Deja un comentario

Lo más consultado hoy