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Por Oscar Durán
La Habana.- Dímelo tú, porque esa imagen ya está diciendo demasiado… pero no lo dice todo.
Ahí tienes estos cara de guante del Convoy «nosécuanto» montados en una guagua, con el móvil en alto, cazando “la Cuba auténtica” al más puro estilo «visita de cortesía a nuestra hermana isla.» Del otro lado, hombres sentados en la acera, mirando pasar la vida, o dejándola pasar, que viene siendo lo mismo en un país donde el tiempo se estanca más rápido que el agua en una zanja.
Esa escena no es casual. Es postal. Es negocio. Es narrativa vendida: la decadencia pintoresca, el edificio descascarado, el cubano sentado “relajado” en la esquina. Todo muy fotogénico, muy “realismo mágico tropical”; aunque detrás de esa foto hay hambre, hastío y una resignación que no cabe en un lente de iPhone.
Así que te repito la pregunta, pero con más mala intención: ¿quieres que hablemos de estos cara de guantes de izquierda transformados en embajadores de la miseria? ¿O hablamos de la miseria convertida en atractivo? ¿O de cómo un país entero terminó siendo un museo viviente para que otros vengan a traer cuatro papeles sanitarios y hacer fotos mostrando tranquilidad?
Tú eliges el tema… que yo me encargo de decir lo que no sale en la imagen.