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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Lo llaman esclavitud y uno, por inercia cultural, imagina cadenas, barracones y el látigo en la mano del capataz. Pero en Cuba, como en casi todo, la cosa viene con variante: aquí la esclavitud es sutil, lleva guayabera los días de conmemoración oficial y exige del esclavo una virtud que los esclavos de antaño no conocieron: la obligación de cumplir la ley sin chistar.
Porque el plantador colonial alimentaba a su esclavo para que rindiera en el corte de caña; el estado castrista, en cambio, prefiere al ciudadano desnutrido y sumiso, pero puntual en la cola del banco y devoto de la norma que lo ahoga. La ley se acata, no se discute; y si se discute —o simplemente se llora frente al cajero automático— ya hay un calabozo esperando con el nombre del disidente.
Trabajar, por supuesto, es también un mandamiento. Pero el salario, ese vocablo que nació en la Roma antigua cuando se pagaba con sal a los soldados, se ha convertido en una broma de mal gusto: alcanza apenas para tres días de subsistencia vegetal, si acaso. Así, el trabajador cubano actual tiene el deber de producir, mas no el derecho de vivir de lo que produce.
Es un engranaje que gira para que otros gocen del aceite, mientras él se desgasta con la seguridad de que el mes próximo el aceite será menos. Y la paradoja final: un esclavo del siglo XIX, al menos, recibía su ración tasajeada de carne y boniatos; el asegurado de hoy ni eso. La libreta de abastecimiento, aquel invento que debía garantizar la igualdad, es ahora un documento nostálgico que recuerda épocas donde el hambre era más organizada.
Pero aquí llegamos al meollo perverso del sistema: al dueño de esclavos de antaño le convenía que su “propiedad” estuviera sana, robusta, porque de ello dependía su ganancia. En la Cuba de hoy, los gobernantes han descubierto una fórmula inversa: mientras más problemas tenga la población —más hambre, más desesperación, más horas perdidas en colas para no obtener nada—, menos tiempo le queda para pensar en política, para organizarse, para derribar el tinglado.
La miseria no es un accidente; es un método. Es el combustible que mantiene el motor del control: un pueblo agotado no conspira, dicen los manuales que ellos mismos escribieron en los setenta. Solo que los manuales, como todo en este sistema, no se actualizan y la realidad se les ha vuelto insurrecta.
Porque lo que ellos no previeron —y aquí está la grieta por donde se filtra la esperanza— es que el cubano, por mucho que lo aplasten, conserva una dignidad arisca que termina por estallar. Ya no son apenas los susurros en las esquinas ni los mensajes cifrados en WhatsApp.
Ahora las protestas se extienden a todo lo largo del país con una nitidez que espanta a los que creían tener el monopolio de la calle. Y en La Habana, esa ciudad que ellos imaginaban su bastión inexpugnable, las cazuelas han vuelto a sonar. No es un ruido cualquiera: es el repique de una conciencia que despierta, es el tambor de la desobediencia civil hecha desde la cocina, que es el último territorio que aún no han logrado nacionalizar.
El gobierno lo sabe y tiembla. Por eso multiplica las declaraciones altisonantes, los llamados a la “unidad revolucionaria”, las patrullas en lugares estratégicos. Pero el miedo ha cambiado de bando: ya no es el ciudadano el que teme salir a protestar, sino el burócrata el que teme que la protesta le derrita el pedestal. Porque cuando un pueblo entiende que la esclavitud no es un designio divino sino una construcción política, ese pueblo comienza a desatar sus propias cadenas. Y en Cuba, las cadenas son de papel, de decreto, de salario irrisorio y de ley injusta; pero al fin y al cabo, cadenas.
Así que mientras ellos hablan de “resistencia” y “bloqueo”, nosotros hablamos de lo elemental: de comer, de cobrar una pensión sin llorar, de vivir sin pedir permiso. La diferencia es que ellos tienen el poder, pero nosotros tenemos la razón y, cada día más, la calle. Y en esa balanza, la historia ha demostrado que el poder que no escucha termina siendo arrasado por el ruido de las cacerolas. Ya se oye. Ya se acerca.