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Por Max Astudillo ()

La Habana.- Hay un grupo de cubanos, tal vez numeroso, que ha llegado a una conclusión clara: el castrismo ha sido lo peor que le ha pasado a esta isla en cinco siglos. Lo saben, lo reconocen, lo comentan en privado. Pero no hacen nada. No levantan una mano. No arriesgan un dedo. Les dicen a sus hijos que se abstengan de participar en protestas, que no se acerquen a las cacerolas, que mejor se vayan del país antes de que el régimen los atrape y los mande a sus mazmorras inmundas.

Y mientras tanto, desde la comodidad de sus casas con paneles solares y reservas de agua, culpan a Trump de todo, a Marco Rubio de lo mismo, y se rasgan las vestiduras cada vez que alguien menciona una intervención extranjera.

Son los cómodos. Los que han hecho las paces con la dictadura a cambio de un poco de tranquilidad. Los que tienen contratos con embajadas extranjeras, o trabajan para el gobierno, o se fueron de misión al exterior y regresaron con ahorros para años, con bienes duraderos que la inmensa mayoría de los cubanos ni siquiera puede imaginar. Viven en sus burbujas de privilegio, con plantas eléctricas que zumban cuando el resto del país se apaga, con neveras llenas, con fines de semana de cerveza y whisky, y desde allí, desde su atalaya de bienestar, pontifican sobre los horrores de la guerra.

Prefieren su paz

«Las bombas no tienen nombre», dicen, mientras se halan las vestiduras. «Los misiles caen dondequiera». Hablan como si la guerra fuera todavía la de Vietnam, como si los misiles fueran ciegos, como si la tecnología militar no hubiera avanzado lo suficiente como para que un dron pueda entrar por la ventana de un dictador sin despeinar al vecino. No saben nada de armamento moderno. No tienen ni idea de cómo funcionan las guerras hoy. Pero saben que no quieren que nada perturbe su paz, su fin de semana, su whisky con hielo.

Prefieren que millones de cubanos mueran de hambre a que una bomba, aunque sea quirúrgica, ponga fin de una vez a esta pesadilla. Prefieren la muerte lenta de los que no tienen pan, ni luz, ni medicinas, a la posibilidad de que una intervención, por dolorosa que sea, termine con el régimen que nos ha robado todo. Se preocupan por los niños huérfanos que podría dejar una guerra, pero no se preocupan por los niños huérfanos que ya ha dejado la represión. No les importan los muertos del 11 de julio, los presos políticos, los desaparecidos, los que se ahogan en el mar.

Bombas y misiles

Yo quiero bombas y misiles. Quiero el fin del castrismo. Y al que lo intente, lo apoyaré con todas mis fuerzas. Y al que lo consiga, me lo tatuaré en el pecho. Porque la paz de los cómodos no es paz, es complicidad. Porque su silencio no es prudencia, es cobardía. Porque mientras ellos disfrutan de sus fines de semana, millones de cubanos se mueren de hambre, de sed, de desesperanza. Y eso, para mí, es peor que cualquier guerra.

Los cómodos seguirán cómodos hasta que el cambio llegue. Y entonces, cuando llegue, cuando el castrismo caiga, ellos también saldrán a la calle a celebrar. Se pondrán la camiseta de la libertad, alzarán la bandera, dirán que siempre estuvieron ahí. Pero nosotros, los que de verdad luchamos, los que arriesgamos, los que no tuvimos pan ni luz ni whisky, sabremos la verdad.

Sabremos quiénes fueron los cómodos. Y la historia, aunque tarde, también lo sabrá.

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