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En días pasados, el programa oficialista Con Filo —conocido por su propaganda oficialista, intentó aplicar su fórmula de desprestigio contra la disidencia joven en Cuba. Al referirse a un grupo de jóvenes activistas, el presentador optó por una simplificación: los llamó, en bloque, «Jóvenes Evangélicos».
La intención parecía clara: reducir sus identidades políticas, simplificar su diversidad intelectual y presentarlos como un grupo homogéneo. Sin embargo, lo que está emergiendo es parte de un fenómeno mayor: una oposición joven en Cuba que ya no acepta etiquetas impuestas ni narrativas diseñadas desde el poder. La respuesta no fue una queja, sino un video que replantea la narrativa.
Bajo el título de «Una Cuba Nueva», estos jóvenes publicaron un manifiesto audiovisual de apenas 60 segundos. Entre ellos se encuentran:
Jóvenes cristianos (evangélicos):
Jóvenes libertarios (proyecto «Fuera de la Caja»):
El video comienza con una declaración que marca posición:
«Nosotros somos libertarios» / «Nosotros somos cristianos».
Con estas palabras establecen una diferencia clave: no se presentan como un bloque uniforme, sino como individuos con convicciones propias. En ese cruce de ideas comienzan a visibilizarse tanto los libertarios cubanos como jóvenes cristianos que, desde marcos distintos, coinciden en una defensa activa de la libertad personal. Algunos encuentran su inspiración en la defensa de la libertad individual; otros, en su fe cristiana.

El eje central del mensaje gira en torno a una convergencia de valores. Aunque parten de fundamentos distintos, ambos grupos coinciden en un principio: la persona posee una dignidad y una libertad que no provienen del Estado.
Desde la visión libertaria, cada individuo es responsable de su vida, su libertad y su propiedad, y el poder político debe estar limitado.
Desde la visión cristiana, la dignidad humana no depende de estructuras de poder, sino de una dimensión trascendente que otorga valor intrínseco a cada persona.
Ambas perspectivas, según el mensaje, coinciden en la necesidad de establecer límites al poder estatal sobre la vida privada, la conciencia y la economía.
Uno de los puntos más destacados del video es la idea de que la división social no es accidental, sino funcional al poder. Se plantea que fomentar la desconfianza entre sectores distintos facilita el control político.
Si el religioso desconfía del activista político, y el activista sospecha del creyente, la fragmentación impide articulaciones más amplias.
El mensaje propone una distinción clave: unidad no es lo mismo que uniformidad. La uniformidad implica pensamiento único; la unidad, en cambio, puede construirse desde la diferencia cuando existe un objetivo compartido.
La metáfora de una casa en llamas sintetiza esa idea: ante una crisis profunda, los matices pueden ceder espacio a la cooperación.
El video concluye con la consigna: «¡Una Cuba Nueva!».
Lo que comenzó como una etiqueta mediática termina convertido en una afirmación de identidad plural. El planteamiento central sostiene que no es necesario compartir todas las creencias para coincidir en la defensa de determinados principios.
Desde distintas convicciones —religiosas, económicas o culturales—, el mensaje llama a una convergencia basada en la idea de libertad y en la limitación del poder estatal.
La propuesta, más allá de la polémica, abre un debate sobre el papel de la fe, la filosofía política y la acción cívica en el presente y el futuro de Cuba. También coloca sobre la mesa discusiones inevitables sobre derechos humanos Cuba 2026, participación ciudadana y el tipo de país que las nuevas generaciones están dispuestas a construir.