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Por Jorge Sotero ()
La Habana.- Imaginen la escena. La Plaza de la Revolución, ese inmenso páramo de hormigón donde durante décadas se corearon consignas y se alzaron puños al son de discursos interminables. Ahora, el silencio. O quizá no: quizá hay un rumor sordo, un murmullo que crece, que se convierte en oleada. Y entonces aparece él.
Donald Trump baja la escalerilla del Air Force One en el aeropuerto José Martí, pero la imagen que queda grabada no es esa. La imagen que queda es la de un hombre caminando por el centro de la Plaza, rodeado de escoltas que no necesitan armas porque el pueblo es su escolta. A su lado, Marco Rubio, el hijo de Cuba que vuelve a casa. Y de vez en cuando, Trump alza la mano y espanta, con un manotazo displicente, a los buitres que los Castro dejaron abandonados al partir.
Es el león que llega donde un búfalo muerto y encuentra el festín rodeado de carroñeros. No ha tenido que rugir dos veces. Con un solo rugido, lejano pero poderoso, las hienas y los buitres han levantado el vuelo. Solo unos pocos, los más necesitados o los más estúpidos, se quedan a mendigar clemencia.
La metáfora es tan vieja como la sabana, pero funciona porque la naturaleza no engaña. Cuando el león llega, no negocia. Marca territorio, impone condiciones, y los demás se apartan o perecen. Eso es exactamente lo que Trump ha hecho con Cuba. No ha disparado un tiro, no ha movido un tanque, apenas ha tenido que asomar las garras para que todo el tinglado castrista empiece a temblar.
Y mientras tanto, en las oficinas del Consejo de Estado, Manuel Marrero y Miguel Díaz-Canel siguen reuniéndose, dictando medidas, aparentando normalidad. Pero ellos, pobres diablos, no son el león ni siquiera son la cebra. Son los pájaros que picotean las migajas alrededor del cadáver, sin darse cuenta de que el cadáver son ellos.
Porque la negociación, esa que Washington lleva semanas confirmando sin que La Habana se atreva a desmentir del todo, no es con ellos. No es con el primer ministro, ese hombre que parece un gerente de sucursal en bancarrota.
Tampoco es con el presidente, ese administrador de ruinas que repite discursos aprendidos de memoria. No es con los generales barrigones que han vivido décadas a expensas del sudor ajeno, acumulando privilegios mientras el pueblo hacía cola para comprar un pan que no llegaba.
La negociación es con los que mandan de verdad. Con los que tienen apellido Castro. Con los que saben que el tiempo se acaba y necesitan un aterrizaje suave antes de que el suelo se abra bajo sus pies.
Y ahí está la clave de esta historia de la selva. El león no negocia con los monos, negocia con los otros depredadores. En este caso, negocia con los que controlan los hilos del poder real en la isla: el clan familiar, los militares que saben que su futuro depende de un pacto, los que han visto caer a Maduro y no quieren correr la misma suerte.
Esa negociación, de la que apenas trascienden rumores y medias palabras, es la que decidirá cómo y cuándo se produce la transición. No será una rendición con honores, será una rendición con condiciones. Las que impone el que llega, no el que se va.
El búfalo que yace en la sabana no es Cuba, cuidado. Cuba es la tierra, la gente, la historia, la dignidad de un pueblo que ha resistido durante décadas contra viento y marea. El búfalo muerto es el castrismo, ese proyecto político que nació con ínfulas de epopeya y termina convertido en carroña.
Los Castro y su cohorte han vivido de la isla como los parásitos viven del huésped, succionando hasta dejar los huesos mondos y lirondos. Ahora el huésped se ha vuelto demasiado débil para sostenerlos, y los depredadores más grandes han olido la sangre. Es la ley de la naturaleza. Es la ley de la historia.
Por eso, cuando Trump entre en la Plaza de la Revolución, no será un conquistador. Será, simplemente, el que llega después de la batalla. El que encuentra el terreno abonado por décadas de fracaso y por el heroísmo silencioso de millones de cubanos que nunca dejaron de soñar con este momento.
Los buitres huirán, las hienas callarán, y el león rugirá una vez más, solo para recordar quién manda. Y mientras tanto, en algún lugar de la isla, Díaz-Canel pensará en seguir dando discursos, Marrero en formar resoluciones, y los generales barrigones seguirán mirando al horizonte con la esperanza de que el león pase de largo. Pero el león no pasa de largo. El león ha llegado para quedarse. Y esta vez, no hay jaula que lo detenga.