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En septiembre de 1964, John Wayne estaba sentado en el consultorio de un médico cuando escuchó palabras que habrían paralizado a cualquiera. Cáncer de pulmón. Avanzado. Cirugía inmediata.
Tenía 57 años. Era el “Duque”. El símbolo de firmeza en más de 150 películas. El hombre que en pantalla nunca retrocedía. Pero en ese momento tosía sangre y perdía peso. Su cuerpo ya no obedecía al mito.
No hubo negociación. Los médicos le extirparon todo el pulmón izquierdo, varias costillas y ganglios linfáticos. Era una operación que cambiaba la respiración para siempre. Caminar unos pasos se volvía agotador. Cada movimiento exigía esfuerzo.
Muchos habrían interpretado esa cirugía como el final. John Wayne no.
Había nacido como Marion Morrison en 1907. Se construyó desde cero. Sin privilegios, con disciplina y una ética de trabajo implacable. En la pantalla fue el agente de la ley, el soldado, el pionero. Para millones representaba la idea de que la determinación bastaba.
En la habitación del hospital no había aplausos. Había dolor. Había miedo y silencio. Y había una decisión.
Meses después de la operación, regresó al rodaje de Los hijos de Katie Elder en 1965. Más delgado. Con respiración limitada. Pero presente. Trabajando. No habló públicamente de la gravedad de su condición. Para él, la debilidad no era espectáculo.
Durante los quince años siguientes rodó veintitrés películas más.
En 1969 ganó el Premio de la Academia por Valor de ley. Subió al escenario con serenidad. No mencionó su batalla médica. Solo agradeció.
Luego llegó The Shootist en 1976. Interpretaba a un pistolero envejecido que enfrentaba una enfermedad terminal. La ficción parecía reflejar su propia realidad. Durante el rodaje, el cáncer regresaba, esta vez en el estómago.
Aun así terminó la película. Eligió cerrar su carrera con dignidad.
John Wayne murió el 11 de junio de 1979. Lo que quedó no fue solo una filmografía. Fueron quince años que muchos médicos quizá no habrían anticipado. Quince años de trabajo, familia y propósito después de perder un pulmón.
La verdadera fortaleza no fue su imagen en el oeste. Fue levantarse cuando el diagnóstico decía lo contrario. Fue seguir cuando respirar costaba y trabajar cuando retirarse habría sido comprensible.
La invulnerabilidad es un mito. La determinación no.
John Wayne no venció a la enfermedad. Pero tampoco dejó que definiera el final de su historia. Y a veces, eso es lo más cercano a la victoria que existe.