Newsletter Subscribe
Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Hay hombres que cruzan medio continente en guerra… Y terminan sus días en silencio, olvidados en su propio pueblo. Henry Maidment fue uno de ellos.
Veterano de las Guerras Napoleónicas, combatió bajo el ejército británico contra las fuerzas de Napoleón en la Guerra de la Independencia Española. Estuvo en Talavera, Salamanca, Vitoria, los Pirineos, Nivelle y Toulouse. Seis escenarios donde Europa ardía y donde miles no regresaron.
Él sí regresó.
En agosto de 1815, su batallón incluso formó parte del contingente que escoltó a Napoleón Bonaparte hacia su exilio definitivo en la isla de Santa Elena.
Había visto el ascenso y la caída de un imperio. Y luego volvió a Dorset.
En su aldea de Pimperne, en el norte de Inglaterra, Henry dejó el uniforme y tomó la azada. Trabajó como jornalero agrícola. Sin pensión. Sin reconocimiento oficial inmediato. Y sin privilegios.
Para 1866, con 83 años, ya no podía trabajar. Era uno de los últimos supervivientes británicos de aquellas campañas peninsulares. Vivía en la pobreza extrema, sostenido por una ayuda parroquial de apenas dos chelines y seis peniques a la semana y una sola hogaza de pan.
El hombre que había marchado por Irlanda, Portugal, España y Francia… sobrevivía con lo mínimo.
Por su servicio tenía derecho a la Medalla de Servicio General Militar con varios broches, uno por cada batalla importante en la que participó. Una condecoración que, con el paso del tiempo, alcanzaría un valor considerable entre coleccionistas.
Pero en vida, la medalla no le dio estabilidad.
Henry Maidment murió en 1868 y fue enterrado el 26 de marzo en el cementerio de la iglesia de San Pedro, en Pimperne. Como trabajador agrícola rara vez salió de su pueblo. Como soldado había cruzado mares, montañas y campos de batalla.
La historia suele recordar a generales y emperadores. Rara vez a los hombres que sostuvieron el peso real de la guerra. Henry no escribió memorias. No tuvo monumentos. Solo una vida que comenzó en el anonimato, cruzó la tormenta napoleónica… y regresó al mismo punto de partida.
A veces, los verdaderos testigos de la historia mueren donde nacieron. En silencio.