
Cuando Díaz-Canel habla, se coge el dedo con la puerta
Por Luis Alberto Ramírez ()
Miami.- Ustedes dirán: «Coño, ¿pero tú la tienes cogida con Canel?». No es que la tenga cogida con él; es él quien, cada vez que habla en una entrevista, se coge el dedo con la puerta.
En la última entrevista que concedió a un medio brasileño, le preguntaron por qué había tiendas en divisas, inaccesibles para el cubano de a pie, mientras las tiendas en moneda nacional estaban desabastecidas. No se le ocurrió una respuesta más estúpida que decir que en todos los países del mundo había tiendas en divisas.
¿Pero será imbécil? En todos los países del mundo no solo hay tiendas en divisas: prácticamente todas las tiendas funcionan en la moneda con la que cobran sus trabajadores.
¿Cómo a este enano mental se le ocurre decir semejante cosa? En todos los países del mundo hay tiendas donde se utilizan divisas, pero los trabajadores del mundo cobran sus salarios en una moneda que tiene valor y poder adquisitivo. En Cuba, en cambio, al trabajador se le paga en una moneda nacional devaluada e inservible.
Así que no hace falta ser economista para deducir que esas tiendas en Cuba no están diseñadas para satisfacer las necesidades del pueblo de a pie, de los trabajadores que viven de su salario. Están diseñadas para quienes reciben remesas del exterior, para quienes tienen acceso a divisas y, sobre todo, para satisfacer las prioridades económicas de una élite gobernante que vive en una realidad muy diferente a la del cubano común.
Y se enfureció
Pero parece que la pregunta que realmente lo enfureció fue la relacionada con los apagones. Ahí se le fue la furia para la cabeza y, antes de que la periodista pudiera siquiera desarrollar su argumento, culpó al imperialismo de la falta de electricidad.

Entonces, nervioso, le preguntó: «¿Pudieras tú vivir con veinte horas de apagón?».
Claro que no. Pero los únicos que pueden vivir no con veinte horas de apagón, sino hasta con una semana, son precisamente los cubanos de a pie: aquellos que no reciben remesas, los que trabajan por un salario insuficiente y sin valor, los que no pueden comprar alimentos ni medicinas y los que ven cómo se les desmorona la vida cotidiana.
Son esos padres los que tienen que levantarse después de pasar una noche sin dormir, porque no hubo electricidad; los que no pudieron preparar un desayuno digno para sus hijos porque no había leche; los que tienen que mandar a sus niños a la escuela después de una noche de calor, mosquitos y apagón.
La contradicción
Pero él sí puede vivir con el apagón. Porque el apagón, al parecer, no le afecta de la misma manera que al cubano de a pie. Ni a él, ni a su mujer, ni al hijo de su mujer que vive en España «a toda leche». Ellos no viven de un salario cubano devaluado ni dependen de las tiendas en moneda nacional para sobrevivir.
Y ahí está precisamente la contradicción que Díaz-Canel, con sus propias palabras, termina poniendo sobre la mesa: habla de las tiendas en divisas como si fueran algo normal en el mundo, pero olvida mencionar que en el resto del mundo los trabajadores reciben salarios que les permiten comprar en esas mismas tiendas.
En Cuba, en cambio, se pretende que el trabajador sobreviva con una moneda que pierde valor mientras se le ofrecen productos en una moneda que no recibe como salario.
Siga usted, Miguel Díaz-Canel, dando entrevistas y hablando sandeces. Siga explicándole al mundo cómo funciona Cuba. Porque, al final, es usted y nadie más quien se ha convertido en el mayor denunciante de las atrocidades del castrismo.



















