El olivar que no guarda su nombre

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- Han pasado noventa años y aún nadie puede señalar con el dedo el lugar exacto. Ni un pastor, ni un mapa, ni un viejo papel amarillento. Federico García Lorca se esfumó en la tierra de Granada como un susurro que el viento se llevó para siempre, y su ausencia es la única certeza que nos queda. La casa donde nació sigue en pie, sus versos se recitan en cada rincón del mundo, pero su cuerpo, el envoltorio de aquel genio, se ha vuelto polvo en un sitio que nadie ha conseguido descifrar.

Corría agosto de 1936, el mes más cruel de la guerra, y Lorca creyó que la casa de su amigo Rosales, en el corazón del barrio de la Falange, sería un refugio seguro. Pero la muerte no entiende de amigos ni de poetas. El día 16 lo detuvieron y, desde entonces, su nombre quedó grabado a fuego en la memoria de la tragedia. Lo llevaron hacia Víznar, y allí, junto al maestro republicano Dióscoro Galindo y los dos banderilleros, se consumó el fusilamiento. A partir de ese instante, las verdades se difuminan y los documentos callan.

Durante décadas, el rumor y el testimonio de labios ansiosos señalaron distintos parajes entre Víznar y Alfacar. Algunas versiones parecían tan sólidas que la tierra se abrió en 2009 para buscar respuestas. Pero los arqueólogos, con sus piquetas y su ciencia, solo encontraron silencio. Ni un hueso, ni una hebilla, ni una pista. Después vinieron más excavaciones, y el resultado fue el mismo: el vacío y la frustración. El paisaje, traicionero, había cambiado; los olivos fueron plantados y arrancados, y hasta una pista de motocross removió el suelo en los ochenta, enterrando aún más el pasado bajo capas de tierra y olvido.

A veces es mejor dejarlo allí…

Y hay un dato que se repite poco: la familia de Lorca nunca ha empujado con fuerza para sacarlo de allí. Creen que, si reposa junto a otros ajusticiados, arrancarlo de su lado sería una ruptura sin sentido, una victoria vacía. Han preferido defender el derecho de todas las demás familias a buscar a sus muertos, a darles nombre y dignidad. Mientras tanto, el poeta sigue atado a un lugar fantasma, a una coordenada que se resiste a ser hallada.

Así que ahí lo tenemos: conocemos sus versos como si fueran nuestros, conservamos sus cartas y sus fotos, sabemos casi a qué hora cayó. Pero lo más básico, lo que parecería más fácil, se nos escapa. Federico García Lorca sigue siendo esa sombra que camina entre olivos invisibles, esperando que alguien, algún día, pueda decir: «Aquí está». Mientras tanto, su cuerpo es el gran poema inconcluso de la historia de España.

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