
La felicidad en la penumbra
Por Yabetsy Pino ()
Atlanta.- Hace unos días me tropecé con el post de alguien que hablaba sobre la amistad y lo feliz que fue con sus amigos en Cuba. En ese mismo post leí un comentario en el que le cuestionan al autor esa manera de ser feliz viviendo en dictadura. Del comentario me impactaron dos cosas: la furia de la exigencia y esa prisa por invalidar los recuerdos ajenos, como si la felicidad en el dolor fuera una traición o un delito.
¿Se puede ser feliz viviendo en una dictadura? Mi respuesta es sí; solo que no se trata de una felicidad plana o cómplice, como la de los hijos de los mandamases y sus secuaces, sino de algo mucho más humano: en el pueblo que sufre el agotamiento de cada día, es una forma de responder, una elección consciente frente al absurdo.
Cuando el espacio público se vuelve hostil, el centro de gravedad, el ser humano, tiende a trasladarse hacia lo privado. Pretender que en medio del encierro nadie ríe, ama o celebra es desconocer verdaderamente los afectos. La dicha se reconstruye en la intimidad del hogar, en la mesa compartida, en la lealtad sagrada de los amigos verdaderos y en la literatura. Confiar en alguien, en un entorno de constante sospecha y vigilancia, no es ignorar el régimen, sino salvar la dignidad humana a pesar de él.
Me pregunto por qué a algunos les cuesta tanto entender la compartimentación psicológica que exige la supervivencia. La gente aprende a separar la asfixia política de la capacidad de disfrutar una tarde de sol o un logro personal. El humor negro y la ironía no son evasión ni aplauso al opresor; son las mejores herramientas para quitarle solemnidad al tirano y preservar la cordura. Si juzgamos esa alegría desde fuera, exigiéndole al individuo un luto eterno, caemos en un dogmatismo feroz.
Esa felicidad no niega la falta de libertad, pero encuentra su norte en la integridad moral. Como intuyó Viktor Frankl, negarse a ser moldeado por la propaganda y aferrarse a los tuyos genera una paz invencible: la certeza de no haber sido derrotado en lo esencial.
Es, claro, una felicidad habitada por sombras, nostalgia y la cautela de saber que todo es frágil. Pero invalidar la vida que florece entre las grietas de un sistema totalitario es otra forma de despojar de humanidad a las víctimas. El poder puede controlar las leyes, pero no tiene jurisdicción sobre la intimidad. Ser feliz en la penumbra no podemos traducirlo como ceguera o complicidad, sino como lo que es: la afirmación más obstinada y rebelde de la existencia.
Hay que dejar descansar al cubano que sufre, por Dios. Basta ya de tantas exigencias.



















