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Por Oscar Durán
Holguín.- Mientras Cuba entera hace malabares para encontrar un paquete de arroz o un cartón de huevos, en Holguín se celebra un “Taller Nacional de resultados de la aplicación del proyecto Alimentación Escolar Sostenible”. Solo el título da risa. Alimentación y sostenible son dos palabras que no deberían juntarse en la misma oración cuando se habla de Cuba. Pero ahí están, impresas en pancartas coloridas, en un salón con aire acondicionado, mientras los niños en las escuelas siguen merendando pan con aire y almorzando esperanza.
Durante tres días —del 14 al 16 de octubre— un grupo de representantes de los ministerios de Educación, Salud, Agricultura y Comercio Interior, junto al Programa Mundial de Alimentos (PMA) y una ONG rusa, se reúnen para “valorar logros y buenas prácticas”. La gran ironía: en un país donde el pueblo se alimenta de inventos y la canasta básica parece un recuerdo de museo, los burócratas hablan de “modelos exitosos” y de “transformar hábitos alimentarios”. Hábitos, dicen, como si la gente comiera mal por capricho y no porque el hambre la está devorando.
Etienne Laborde, el representante del PMA, habló del proyecto AES+ como un “ejemplo de colaboración multisectorial”. Y tiene razón: es la colaboración perfecta entre el discurso vacío y la propaganda de manual. Que se electrifiquen siete escuelas con paneles solares está bien, pero eso no alimenta a nadie. De qué sirve la energía renovable si en el plato solo hay un pedazo de yuca hervida y, con suerte, una cucharada de chícharos. No hay soberanía alimentaria ni transición energética que valgan cuando el país entero vive de donaciones y remesas.
El informe menciona que las escuelas podrán hacer compras directas a cooperativas locales. Bonito en teoría, pero esas cooperativas están igual de asfixiadas que el resto del país. No producen lo suficiente, no tienen combustible, no tienen insumos. Entonces, ¿qué van a comprar las escuelas con esos fondos? ¿Promesas frescas e inocuas? En la Cuba de hoy, la única cadena de suministro que funciona es la del hambre: se produce en el campo, se distribuye en las calles y se sirve, con cinismo, en los discursos oficiales.
La directora de Primaria del Ministerio de Educación, Zulima Lobaina, cerró el evento destacando “el enriquecimiento del Programa de Alimentación Escolar”. Si eso es enriquecimiento, habría que ver qué entiende ella por miseria. Este taller es una falta de respeto a cada familia que se acuesta sin cenar. Una puesta en escena para aparentar gestión, cuando lo único sostenible en Cuba es el hambre.