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¿Qué le puede aportar Manzanillo a la defensa de la dictadura?

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Por Yeison Derulo

Manzanillo.- Salvador Valdés Mesa se fue para Manzanillo a encabezar el Día Nacional de la Defensa, como si en ese municipio estuviera el corazón estratégico de la nación. Lo curioso es que Manzanillo, hoy por hoy, es uno de los pueblos más destimbalados que tiene Cuba.

Caminar por sus calles da lástima. Casas cayéndose, salideros reventados, basura acumulada y una pobreza que no necesita estadísticas porque se ve en la cara de la gente. Y en medio de ese panorama, aparece la comitiva del poder a hablar de invulnerabilidad y de guerra de todo el pueblo. Hay que tener estómago.

Según la nota oficial, el vicepresidente del Consejo de Defensa Nacional encabezó las actividades en la zona Horacio Rodríguez y soltó la frase de rigor: “Aquí hay mucha historia que defender, mucha conciencia revolucionaria sembrada en cada rincón”. Historia, sí. Pero también abandono. Si algo está sembrado en cada rincón de Manzanillo es la desesperanza. ¿Qué conciencia revolucionaria puede florecer en un lugar donde la prioridad diaria es resolver el arroz, el aceite y el apagón de turno? Defender la patria suena muy épico, pero la gente quiere, primero, defender su plato.

Valdés Mesa insistió en la concepción de la “Guerra de todo el pueblo”, esa idea enarbolada por Fidel Castro de que cada ciudadano es un soldado en potencia. El problema es que ese “soldado” hoy está flaco, desnutrido y cansado. ¿Con qué armas va a defender nada? ¿Con palos de escoba? ¿Con consignas repetidas en un acto bajo el sol? La dictadura habla de invulnerabilidad mientras el pueblo es vulnerable a todo: al hambre, a la inflación, a la miseria estructural que ellos mismos han construido durante décadas.

La verdadera defensa es económica y humana

Hasta hubo espacio para reconocer la efectividad de siete renglones de la Medicina Natural y Tradicional que se producen en un laboratorio manzanillero “para usarlos en caso de agresión enemiga”. Es decir, mientras el sistema de salud no tiene antibióticos ni analgésicos básicos, nos venden la idea de que con jarabes y extractos de plantas vamos a resistir una invasión. La escena roza el absurdo: un municipio en ruinas convertido, por decreto, en bastión defensivo de la patria sitiada.

Acompañaron al dirigente otros cuadros del Partido, todos muy disciplinados, muy firmes, muy convencidos en el discurso. La pregunta sigue en el aire y nadie la responde: ¿qué le puede aportar Manzanillo a la defensa de la dictadura? Nada. Un pueblo que apenas puede defenderse del apagón y del hambre no está para sostener guerras ideológicas.

La verdadera defensa que necesita Manzanillo no es militar; es social, económica y humana. Y esa, precisamente, es la que el régimen jamás ha sabido —ni querido— garantizar.

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