La historia detrás de la foto (LXXXXI)

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Por Yeison Derulo

La Habana.- Esta foto habla sola. No muestra únicamente a una agente de la Policía Nacional Revolucionaria junto a una motocicleta. Retrata, sobre todo, el deterioro de un país donde hasta la autoridad parece haber perdido el peso simbólico que alguna vez intentó proyectar. Una institución puede imponer por la fuerza, pero la presencia se construye con imagen, disciplina y respeto. Aquí no se percibe ninguna de las tres cosas.

Basta detenerse unos segundos en la escena. El uniforme luce gastado, las botas parecen vencidas por el tiempo, la postura transmite cansancio más que firmeza y el gesto del rostro refleja agotamiento antes que convicción. No es una crítica personal hacia esa mujer, que probablemente también sea víctima de las mismas carencias que golpean al resto de los cubanos. Es el retrato de un Estado incapaz de sostener incluso la imagen de quienes tienen la misión de representarlo en la calle.

En cualquier país del mundo, un policía proyecta autoridad desde el primer vistazo. La presencia forma parte del uniforme. La pulcritud, el porte y la seguridad envían un mensaje antes de pronunciar una sola palabra. En Cuba ocurre exactamente lo contrario. La crisis ha llegado a un punto donde ni siquiera quienes encarnan el monopolio del poder consiguen transmitir esa sensación de orden. Lo que inspira esta imagen no es respeto ni temor; inspira la impresión de un sistema exhausto, empobrecido y sin capacidad para cuidar ni a sus propios agentes.

La motocicleta tampoco escapa a esa decadencia. Más que un vehículo moderno para patrullar una ciudad, parece una reliquia que continúa funcionando por pura terquedad. Es una metáfora perfecta de la Cuba actual: máquinas envejecidas, instituciones desgastadas y funcionarios obligados a sobrevivir con recursos mínimos mientras el discurso oficial insiste en vender fortaleza y eficiencia. La propaganda habla de un país resistente; la fotografía enseña un país remendado.

Quizás lo más duro de esta imagen es que no provoca indignación contra la policía que aparece en ella. Provoca tristeza. Detrás de ese uniforme hay una ciudadana que también enfrenta apagones, escasez, bajos salarios y un futuro incierto.

La fotografía termina siendo mucho más que el retrato de una «caballito». Es el espejo de un régimen que ha deteriorado tanto a la nación que hasta la autoridad perdió la autoridad visual. Cuando un Estado ya no puede proyectar fortaleza ni a través de quienes lo representan, el problema deja de ser estético: pasa a ser la evidencia de un modelo completamente agotado.

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