
Los nardos de Selene
Por Ramón Muñoz Yanes ()
Madrid.- Ayer ya entrada la noche, buscaba en mi biblioteca una edición especial del National Geographic sobre una recreación en 3D de templos egipcios, que compré hace unos años en un local a un costado de la catedral de Las Palmas, de libros divorciados. Sí, eso de segunda mano es un término benévolo, casi eclesiástico. Los libros se divorcian como todo el mundo.
Pues mientras buscaba, atraje un libro hacia mi para leerlo más cómodamente y me saltó a los brazos su vecino, El Romancero gitano de Lorca.
Lo abrí, porque así es como se acarician los libros y se agarró a mis pupilas, El romance de la luna, luna. El granadino era todo Andalucía y quien sino podía escribir aquel primer verso de: «…La luna vino a la fragua con su polisón de nardos…».
Recuerdo que ya en la secundaria me hizo correr a buscar un diccionario por el término polisón, que eran unas almohadillas que se ponían las señoras en las últimas décadas del siglo XIX, para dar volumen a las faldas en la parte posterior.
Por ello, en la secundaria llegué a pensar que todas las mujeres en el siglo XIX eran literalmente culonas y más de una la imaginé desnuda por entonces, que las hormonas revueltas convertían la entrepierna en un ente desenfrenado.
Lorca y su polisón fue mi primer desengaño literario, pero el verso es inigualable. Quien sino él podía imaginar a la luna, con un polisón nada menos que de nardos, que florecen precisamente de noche, para ver pasar a Selene con su carro de plata tirado por bueyes blancos en busca de su eterno durmiente Endimión.
Un verso puede resumir un obra y éste de Lorca, lo es.
Lorca, el más triste de todos los muertos o la más triste de todas las muertes. Acaricié el libro y lo coloqué con delicadeza entre sus vecinos. Granada y Lorca, Lorca y la luna, sencillamente Lorca. Cosas que a veces me sorprenden a la noche.



















