Enter your email address below and subscribe to our newsletter

Comparte esta noticia

Por Max Astudillo ()

La Habana.- En Cuba importan más los muertos que los vivos (siempre que los vivos no pertenezcan al Clan Castro). A los vivos hay que darles de comer, y eso es un problema. A los muertos, en cambio, se les puede honrar con discursos. Se les puede sacar a pasear por la plaza todos los días, como si fueran los únicos que no se han ido en una balsa. Los vivos estorban porque piden, porque se quejan, porque se hunden en la miseria de una cola interminable que no lleva a la carne, sino a la desesperación. Los muertos son dóciles. No hablan. O, mejor dicho, solo hablan lo que el poder necesita que hayan dicho.

Al gobierno cubano le gustaría que hubiera un muerto ilustre para cada día del calendario. Un mártir por la mañana, con el café aguado; un héroe por la tarde, para hacer más llevadera la falta de pan; y un caído al anochecer, justo cuando se va la luz y vuelven los mosquitos. Tienen una relación casi devota con los difuntos, pero solo con los suyos, con los que eligieron ellos. Los ocho estudiantes de medicina fusilados por los españoles en 1871 son perfectos. Murieron hace tanto que ya no molestan, que no tienen familiares vivos que exijan otra cosa que no sea un acto de masas. Son ideales. Son el enemigo de antaño, el que ya no existe.

Pero hay otros muertos que no salen en los discursos. Esos no tienen día en el calendario de la patria. No se mencionan en las escuelas. Son los que el Che y Ramiro Valdés ultimaron en La Cabaña sin mucho juicio, o con un juicio que era lo mismo que la sentencia. Gente que quizá solo quería vivir en un país donde no te fusilaran por pensar distinto. Esos cadáveres no se pasean. Están enterrados en una fosa que es también la memoria a la fuerza olvidada de esta isla.

Muertos buenos y muertos malos

Tampoco cuentan los de El Escambray, los que se alzaron en las montañas cuando ya la revolución no era una esperanza, sino una losa. O los del remolcador 13 de marzo, hundido a golpes de chorro por las autoridades, con mujeres y niños dentro, por el delito de querer escapar. O los que salieron por el río Canímar y se quedaron flotando en el agua salada, que es más amarga que la del mar. Esos muertos no son útiles. No sirven para el relato. Son, como dicen ellos, gusanos. Y a los gusanos no se les honra, se les pisa.

Así funciona la cosa: hay muertos buenos y muertos malos. Los buenos son los que mataron los de antes, los que permiten hablar de una opresión pasada para tapar la de ahora. Los malos son los que ha matado el castrismo. A esos ni flores, ni nombre, ni perdón. Se les borra. Se les condena a una segunda muerte, que es la del olvido. Y así, entre unos muertos que se celebran y otros que se niegan, la gente vive como puede, que es mal, y muere un poco cada día sin que a nadie le importe, porque para eso ya están los héroes de cartón.

Al final, todo es un teatro macabro. Un país que se alimenta de sus difuntos selectos para que los vivos aguanten. Un patriotismo de museo, vacío, repetido hasta la náusea, que ya no convence a nadie, pero que sigue sonando en los altavoces como una letanía triste y lejana. Y mientras, la gente sigue yéndose, muriendo o sobreviviendo, pero siempre con la sensación de que en esta tierra lo único que prospera de verdad es el culto a los muertos que el poder elige. Los otros, los de ahora, ni siquiera existen.

Deja un comentario