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La ingeniera que el Tercer Reich necesitaba (y perdonó)

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Solo 39 mujeres recibieron la Cruz de Hierro alemana durante la Segunda Guerra Mundial. Casi todas eran enfermeras. Pero una de ellas no curaba heridas. Las provocaba al límite del cielo. Su nombre fue Melitta Schenk Gräfin von Stauffenberg, y su historia incomoda incluso hoy.

Nació en 1903 en una familia prusiana. Su padre tenía ascendencia judía, un detalle que en la Alemania nazi podía ser una sentencia. Estudió matemáticas y física, se graduó como ingeniera en la Universidad Técnica de Múnich y terminó trabajando en el Instituto de Investigación Aeronáutica de Berlín, un lugar reservado para mentes excepcionales.

Pronto se convirtió en piloto de pruebas. No una más, sino una de las mejores. Obtuvo licencias para todas las clases de aviones a motor, vuelo acrobático y planeadores. En 1937 fue nombrada capitana, la segunda mujer en Alemania en alcanzar ese rango.

Durante la guerra fue reclutada por la Luftwaffe en el centro de pruebas de Rechlin. Allí realizó algo casi inconcebible: más de 2.500 vuelos en picado probando el Stuka, uno de los aviones más temidos del conflicto. Cada descenso era un coqueteo con la muerte. Cada vuelo, una prueba de resistencia física y mental extrema.

A pesar de su origen familiar, el régimen la declaró oficialmente “igual al pueblo ario” en 1941. No por ideología, sino por utilidad. Su talento era demasiado valioso para prescindir de él.

En 1943 recibió la Cruz de Hierro de Segunda Clase y condecoraciones aéreas reservadas a una élite mínima. Era una figura respetada incluso dentro de un sistema que despreciaba a casi todos.

Pero su apellido la colocaba en una zona peligrosa. Estaba casada con Alexander Schenk Graf von Stauffenberg, hermano de Claus von Stauffenberg, el oficial que intentó matar a Hitler en julio de 1944. Melitta mantenía contacto con su cuñado y hoy se cree que conocía los planes, aunque nunca se probó su participación directa.

Tras el fracaso del atentado, ella y su esposo fueron encarcelados. A Melitta la liberaron seis semanas después: el Reich aún la necesitaba. A su marido lo dejaron preso.

Desde su posición privilegiada intentó ayudar a su familia como pudo, viajando y negociando silenciosamente en medio del colapso del régimen.

El 8 de abril de 1945, a semanas del final de la guerra, su avión fue derribado cerca de Straubing por cazas estadounidenses. Logró aterrizar de emergencia, pero murió poco después a causa de las heridas. Las circunstancias exactas siguen siendo confusas.

Melitta von Stauffenberg no fue una heroína en el sentido clásico. Tampoco una figura cómoda. Fue una mujer brillante atrapada en uno de los sistemas más oscuros de la historia, utilizada por un régimen que estaba dispuesto a traicionar incluso sus propias reglas cuando el talento lo exigía.

Su historia no absuelve nada. Pero revela algo inquietante: incluso las ideologías más rígidas se doblan cuando necesitan a alguien verdaderamente extraordinario.

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