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La historia detrás de la foto (LXXIX)

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Por Anette Espinosa ()

La Habana.- Unos días después de que Silvio Rodríguez, con esa solemnidad que tanto le caracteriza, pidiera un fusil para defender la patria en caso de una agresión de Estados Unidos, el régimen cubano no perdió tiempo. El ministro de las FAR, el general de Cuerpo de Ejército Álvaro López Miera, apareció con un AKM en la mano para entregárselo al trovador.

La escena fue cuidadosamente coreografiada: los uniformes verde olivo, el fusil reluciente, y Silvio mirándolo con orgullo, recibiendo el arma como si fuera un héroe de la Sierra Maestra. A su alrededor, Díaz-Canel, el jefe del Estado Mayor del Minfar, el general Roberto Legrá Sotolongo, y una decena de altos mandos, todos posando para la foto oficial.

La imagen, que recorre las redes como un meme viviente, resume en un solo encuadre la ridiculez de un régimen que se cree todavía en los años sesenta. Silvio, el cantor de la Nueva Trova, el hombre que compuso «Ojalá», convertido en miliciano de boina y fusil al hombro, a los 80 años. López Miera, el general que ha pasado décadas en las sombras, ejerciendo de padrino de armas. Y al fondo, Díaz-Canel, el presidente impuesto, con esa sonrisa de funcionario que asiste a un acto escolar, tratando de parecer importante mientras entrega un arma como si fuera un diploma de graduación.

Una farsa más

La farsa, por supuesto, no engaña a nadie. Silvio Rodríguez ha sido durante años un fiel defensor del régimen, un intelectual orgánico que ha puesto su talento al servicio de la dictadura. Pero esta escena lo supera todo. Porque un fusil no se entrega en un acto público como si fuera un premio. Un fusil se entrega en un cuartel, con instrucción, con disciplina. Un fusil no es un adorno, no es un accesorio de moda. Pero aquí, en esta Cuba de las caricaturas, un fusil AKM se convierte en un elemento escenográfico más, una utilería para una película que nadie se cree.

Lo más patético es el mensaje que el régimen intenta transmitir: «aquí estamos, dispuestos a defendernos del imperio». Pero la realidad es tozuda. Mientras Silvio posa con el fusil, las farmacias siguen vacías, los hospitales no tienen anestesia, los niños se acuestan sin cenar, y los apagones se miden en días. El régimen habla de defensa de la patria mientras la patria se muere de hambre. Habla de agresiones externas mientras la agresión interna, la de sesenta y siete años de saqueo, la de la represión sistemática, la de la corrupción institucionalizada, sigue intacta.

Al final, la foto de Silvio con el fusil es el resumen perfecto de lo que es este régimen: un anacronismo, una pieza de museo, un intento desesperado por parecer relevante en un mundo que ya no los entiende. El fusil AKM, que fue el arma de los revolucionarios en los años sesenta, hoy es un fósil. Como ellos. Como su discurso. Y como su revolución.

Y mientras ellos juegan a los milicianos, Cuba se hunde. Pero eso, claro, no sale en la foto. En la foto solo sale Silvio, con su fusil, con su cinismo, el mismo con el que el régimen se ríe de todos nosotros.

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