Corriendo para ser Jake

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Por Rafa Junco ()

Madrid.- A veces la vida te da una mano de cartas que no pediste, y no hay forma de devolverlas. Jake Vella tenía siete años cuando su historia empezó a dar la vuelta al mundo, y no era por haber ganado una medalla ni por haber hecho un gol increíble. Era porque su cuerpo había decidido jugarle una putada de las gordas, de esas que no tienen explicación. ROHHAD, un nombre que parece más un insulto que una enfermedad, un síndrome tan raro que los médicos lo miran con cara de no saber ni por dónde cogerlo. Y Jake, un niño de Malta, se tuvo que enfrentar a eso sin manual de instrucciones.

La enfermedad es un desastre en toda regla: el sistema endocrino, el sistema nervioso, la respiración, todo va a su puta bola. Y lo más visible es el peso. Jake engordaba sin parar, aunque comiera sano, aunque se moviera, aunque hiciera todo lo que se supone que hay que hacer para estar bien.

Su cuerpo se empeñaba en guardar grasa como si fuera a venir una hambruna, y los médicos, después de mil pruebas, le pusieron nombre a aquello. ROHHAD. Un acrónimo que suena a arma secreta, pero que no es más que una sentencia de por vida. Sin cura, sin respuestas, solo con la certeza de que cada día iba a ser una batalla.

Pero Jake, que era un crío con una cojones que no cabían en su cuerpo, decidió que no iba a ser solo el niño de la enfermedad. Agarró una bicicleta, se puso unas zapatillas de correr y se metió en el agua. Triatlón. Sí, como los tíos de hierro, como los profesionales, pero él no buscaba récords ni medallas, buscaba algo mucho más sencillo: sentirse vivo. Entrenaba con la Asociación Juvenil de Triatlón de Malta, y aunque su cuerpo le pedía tregua, él seguía ahí, en cada entrenamiento, con una sonrisa que desarmaba a cualquiera. No era el más rápido, ni el más fuerte, pero era el que más rabia le ponía a la enfermedad.

Y la gente de Malta se dio cuenta. Jake se convirtió en un símbolo, no porque la enfermedad desapareciera —que no lo hizo—, sino porque él seguía en pie, sudando, esforzándose, viviendo. Durante años fue ese niño que te recordaba que la vida, por muy jodida que esté, siempre merece la pena pelearla. No era un mártir ni un héroe de película, era un crío de quince años que simplemente se negaba a rendirse. Y eso, en un mundo lleno de excusas y victimismos, es más valioso que todas las medallas de oro juntas.

Jake murió el 30 de agosto de 2024. Tenía 15 años. Y cuando te enteras, te queda esa sensación de injusticia que no se va con nada. Pero su historia no es la de un niño que se apagó, es la de un niño que brilló mientras pudo. No corrió para ser famoso, corrió para seguir siendo Jake. Porque al final, lo que importa no es cuánto tiempo vivas, sino cómo llenas ese tiempo. Y Jake Vella lo llenó de zancadas, de pedaladas, de brazadas y de una voluntad que a la enfermedad se le atragantó. Que su historia nos recuerde que, aunque el cuerpo falle, la puta vida sigue mereciendo la pena.

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